domingo, 15 de noviembre de 2009

Editorial

El invierno del '66 se hacía sentir en el aula de 5° grado de la primaria Juan Bautista Alberdi, en el barrio Villa Obrera de Lanús. Los radiadores de las paredes no daban abasto y sólo paliaban las heladas ráfagas de ese viento que, luego de atravesar los robles de la plaza, golpeaban los vidrios de las ventanas y se colaban por las hendiduras. El hombre, trajeado y engominado, entró al aula con permiso de la maestra. La docente pidió atención y el señor apoyó su portafolios, igual a nuestras carteras de cuero marrón, sobre el viejo escritorio de madera. Al abrirlo desplegó la maravilla: unos afiches coloreados donde King Kong, subido a un rascacielos -que muchos años después reconocería como Empire State- cazaba aviones cual si moscas. En otro, el inefable John Wayne sostenía su Colt humeante, mirando el cadáver de su adversario tendido en la calle de un pueblo del lejano oeste, al que llamábamos far west.
El personaje era empleado del Cine Rex y traía, junto a la promoción de "3 películas 3" en continuado, algo que me haría sonrojar y enorgullecer al mismo tiempo: un par de entradas para los mejores alumnos. Generalmente me hacía de una.
Esta historia podría ser la sinopsis de cualquier film del neorrealismo italiano, pero es sólo una postal que me recuerda aquellos años donde los sueños aún tenían vigencia y se peleaba por ellos. Años en que los cines eran eso, y no iglesias evangelistas o bingos para cubrir el vacío y la falta de expectativas que el actual sistema genera en la sociedad.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Los vimos caer uno a uno: Splendid, National, Sarmiento... hasta los majestuosos Palacio y Opera pasaron a ser escenarios de las quimeras del dinero fácil y el Jesucristo que salva y sana. Todos menos uno: aquel emblemático Rex que, como su homónimo tiranosaurio, resistía el paso del tiempo y los embates de la modernidad.
Cierto es que su única y amplia sala resignó parte de su grandeza para convertirse en 1 y 2. No menos real, que alguna que otra vez los pochoclos fueran el posmoderno acompañamiento de los espectadores y que, para ganar una función más, la película terminara cuando, luego del último plano, aparecía la palabra "Fin" o el sucedáneo extranjero, obviando los títulos y créditos que a los cinéfilos nos dejan aferrados a la butaca hasta pasados los nombres del último eléctrico o carpintero. Pero, pese a su aggionamiento, seguía aportando una cresta a la chatura suburbana.
Hoy todo se sucedió veloz. Los rumores en comercios vecinos, las puertas tapizadas de viejos afiches y los mentirosos cartelitos: "Cerrado por reformas". La gente, sin mayores inquietudes, pasa por sus puertas cerradas sin detenerse un momento, como si estuviesen acostumbrados a perder y ya nada les importara. O tal vez piensen que la mole de diez pisos que lo reemplazará podrá suplir con su sombra los árboles talados en la estación de trenes. En tanto, esa antigua caja de asombros espera “la piqueta fatal del progreso” y su marquesina anuncia, ya sin orgullo, su último espectáculo: “Vendido”.

Publicado en la edición impresa de Lilith Nº 3. Sólo en librerías o por pedido.

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