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martes, 16 de noviembre de 2021

SOLEDAD

 

por Eduardo Silveyra

A L. S. P.

Yo la esperé casi una hora en esa cafetería a la bajada de la autopista. Lo primero que hice al bajar del micro, fue sacarle una foto a esa escultura de una monja pétrea, donde un hornero había construido su nido sobre la cabeza de un desamparado. Debido a una dieta, hacía 16 horas que no comía, así que tomé un café con una medialuna de grasa, porque sentía un hueco en el estómago. Revolvía en el vaso, cuando Soledad me envió un mensaje para avisarme que estaba cerca y después otro para preguntarme si quería establecer la distancia que nos separaba, para saber cuánto demoraría en llegar en tiempo real. Deseché la idea, porque me pareció innecesario ese dato, ya sabía que al salir se iba a dar cuenta del olvido de alguna cosa, como ser las lonas para tendernos en el pasto o la yerba para el mate y debería volver a buscarlas y el tiempo real se desvanecería en una nube imperceptible como tantas otras veces. Además, prestaba atención a lo que sucedía en la mesa vecina, donde un niño frenético le arrojaba con violencia migas de pan a su abuelo, el viejo se ofuscaba ante cada golpe en su cara y el nieto reía a carcajadas ante el malhumor in crescendo. Para que el ataque cesara, el abuelo lo amenazó con romperle la cabeza con el servilletero de metal. La escena tenía su viso grotesco, pero también desagradable, esto hizo que me diera vuelta e interviniera para darle término.

-Nene, tenés que respetar a tu abuelo.

El nene volvió a estallar en una carcajada más burlona que las anteriores, pero una de las señoras vecinas a la mesa beligerante, también dio su opinión.

-No solo al abuelo, sino a todos; vengo a tomar un café con mi amiga de toda la vida porque tengo cosas para contarle y me encuentro en el medio de esta reyerta familiar.

 


 

La situación se aplacó justo en el momento en que apareció Soledad, con la mochila cargada de todo lo necesario para pasar el día en Punta Lara. Traía todo, menos la yerba para el mate, quería que fuéramos a comprar en algún almacén, pero como yo tenía los sesos medio calcinados, la hice desistir de la compra e ir directo a tomar el colectivo que nos llevara a nuestro destino.

No demoramos mucho en llegar. Tuvimos suerte en encontrar un restauran con una linda terraza, donde el viento corría y nos traía aire fresco, bebíamos vino y mirábamos la fila de barcos en la lejanía del horizonte que iban o venían desde algún lugar, por nuestra mirada pasaban los bañistas que nadaban en las aguas contaminadas y los parapentes que flotaban en el aire, entre el cielo y el agua. Después nos fuimos y, por el camino, le pedimos a una pareja una cebadura para el mate y encontramos una caseta de guardavidas abandonada; la alcé a Soledad para sentarla en la baranda y después me senté a su lado para seguir mirando al río. Ella me hablaba de muchas cosas, a veces me perdía, pero igual escuchaba las modulaciones y la sonoridad de su voz, estaba cautivo de eso y del brillo de sus ojos negros y de los movimientos de su cabeza que se recortaba contra la luz del atardecer. Por momentos, me parecía encontrar en su rostro los destellos de Juliette Binoche en alguna de sus películas y eso también me enamoraba. A su lado, el tiempo dejaba de existir o existía de otra manera, porque podía quedarme infinitamente así porque sí, escuchando todo el juego de su vida. Al llegar el crepúsculo, decidimos caminar y recorrer ese lugar casi agreste para ir hasta un muelle, el extenso jardín de una propiedad privada nos impidió el paso y emprendimos el camino hacia la calle, tuvimos la suerte de salir frente al palacio en ruinas de Piria. Ese Piria tenía su historia, había fundado una ciudad balnearia –Piriapolis- y construido una réplica de su palacio en la otra orilla del río. El hombre tenía su historia, al enviudar se casó con una de sus domesticas, menor de edad, pero al presentir su propia muerte se divorció y la adoptó como hija para que pudiera heredar. Tal vez aquel palacio, ahora derruido y poblado de malezas, fuera construido para ese amor tan singular. A Soledad, no le interesó mucho la historia pero, decidida como es, encabezó la marcha hacía esa ruina enclavada como el vestigio de un tiempo muerto; para llegar tuvimos que cruzar una cañada, ella la cruzó de un salto y yo por las piedras. El palacio estaba rodeado por un cerco de tejido de alambre y no se podía entrar, pero a un costado había una fuente y, al costado de la misma, unos caballos pastaban como sonámbulos, yo me recosté contra el borde de cemento, y allí sentado le dije:

-Te llevo los mismos años que Dostoievski le llevaba a su mujer.

-¿Cuántos eran?

-No me atrevo a decirlo, pero podés googlearlo. –Le dije sonriente.

Soledad, también sonrió y quiso que nos sacáramos una selfi, pero yo detesto las selfis porque tienen algo de impostura, de gestos exacerbados y de chisme y estábamos envueltos en esa atmósfera nocturna tan agradable y no había por qué arruinarla. Después me levanté y me acerqué a un caballo con un manojo de pasto, comido de una dentellada por el animal; pensé que ese gesto crearía cierta confianza, pero no, cuando intente acariciarlo se alejó. Soledad, también lo intentó pero el caballo volvió a alejarse y se perdió en la espesura de un follaje y en la oscuridad de la noche atravesada por los relámpagos.

Ante el presagio de tormenta, decidimos volver hacia la ciudad. Cruzamos un descampado, donde una caballada pastaba debajo de unos focos de luz amarillenta, tuvimos suerte al no tener que saltar el alambrado porque la tranquera estaba sin candado y, después de caminar unos metros, llegamos a la parada del colectivo. Yo sentía cierta tristeza porque el día había finalizado y debíamos separarnos, se ve que a ella le sucedía lo mismo, porque me dijo:

-Te parece bien que tomemos una cerveza de despedida en La Plata.

-Me parece una buena idea. –Le dije con alegría por la prolongación del encuentro.

Cuando llegamos a la ciudad, caminamos unas cuadras y encontramos una cervecería artesanal a unas cuadras de la terminal de micros. Como estábamos sedientos y animados, nos tomamos dos pintas de IPA, a los dos nos encanta la Indian Pale Ale, por ese gustito a flores de cannabis que se siente en el paladar cuando se bebe. La birra estaba rica, aunque el lugar era un tanto contradictorio, tenía un confort muy diseñado, en las paredes había afiches que invitaban a unirse a la causa vegana, pero se sentía el olor a grasa de la fritura de hamburguesas; ya era casi la media noche y decidimos irnos para no tener problemas con el horario de los micros. Soledad entraba en las aplicaciones del celular y consultaba las salidas y las llegadas, los tiempos reales de quién sabe qué realidad y esas cosas para actuar con sincronicidad, decidimos pagar e irnos. De pronto surgió un problema, no teníamos dinero y nuestras tarjetas no eran con las que trabajaban en el lugar. Hubo una pequeña discusión por ese motivo, solo se podía resolver con la ida a un cajero a retirar dinero. Al idiota que atendía le pareció bien pero, para acrecentar el malestar, nos retuvo los documentos hasta que volviéramos a pagar. No habíamos caminado ni media cuadra, cuando se desató la tormenta y faltaban otras cuatro para llegar a un banco. El viento nos azotaba el cuerpo con agua y frío, pero de algún modo no nos importaba y avanzábamos impertérritos bajo la lluvia. Al fin llegamos, después de retirar el dinero teníamos que saldar la deuda. Tuvimos la suerte o la desgracia de tomar el taxi equivocado, al chofer se le había trabado la tecla de la calefacción y el calor era asfixiante, le dijimos de bajar los vidrios, pero dijo que no, para evitar manchas en el tapizado. Fue una tortura viajar con esa temperatura, perfumada con un espeso desodorante de ambiente. El tipo era un jodido, cuando llegamos a la cervecería nos cobró el viaje y nos echó del auto. La noche se volvía maldita y puteaba para adentro al mierdoso taxista y al pseudo vegano, a quien, después de tratar de humillarlo le tiré, no sin desprecio, la plata sobre el mostrador y emprendí la retirada. Un poco menos empapada, parada en el umbral, Soledad movía el dedo índice sobre el teclado del celular en busca de una solución. Yo no miraba su dedo, con el cual elegía o desechaba, miraba la dulzura que podría encontrar en aquella mano armoniosa. Todos los medios que nos podrían acercar a la terminal de ómnibus estaban colapsados; esperamos a que amainara el temporal y cruzamos la calle, pero el amaine duró lo que dura una ilusión y la lluvia se convirtió en una cortina acuosa, donde todo se desdibujaba de manera atroz. El azar o el destino nos puso ante la escalinata de un edificio público y un techo protector. Las luces zigzagueaban en la oscuridad de ese precario paraíso hallado oportunamente, los resplandores iluminaban la piel trigueña de esa Soledad, podía oler la humedad perfumada que se evaporaba de su cuerpo casi pegado al mío. Fue en uno de esos instantes que la abracé y le dije:

-¡Este amor es para siempre!

Porque de algún modo, mientras el sol brillaba sobre el río, nos dimos cuenta que ni a ella ni a mí nos importaban los casamientos, las heredades o las solterías y que, para los amantes, da lo mismo el cielo que el infierno.

viernes, 9 de octubre de 2020

Marta, la reina

por Eduardo Silveyra

Dicen que todo, primero, entra por los ojos. Por eso, cuando vi su foto en las sugerencias de amistad de Facebook, no dudé en enviarle la solicitud. La cuarentena, en cierto punto, me había acorralado y, para salir de esa encerrona, nada mejor que el amor, al menos eso pensaba durante esas noches solitarias y desveladas a puro vino y cigarrillos, donde desechaba y elegía candidatas a las cuales brindarles mi afecto, si es que realmente eso podría suceder. Esa Marta, según la foto, se veía esplendorosa y alegre, con todas las cosas puestas en su lugar; su melenita rubia cayéndole sobre los hombros y una sonrisa vital, dibujada en su rostro de facciones aun juveniles aunque, al igual que yo, ya había pasado los 50. A la imagen seductora, se le agregaba el dato, no menos cautivante, de su profesión: era psicoanalista, lo cual me hacía suponer a una mujer que sabía guardar la distancia del partenaire en su relación amorosa, al menos esas eran mis conjeturas. No sé cuáles habrán sido las de ella, pero a los cinco minutos ya me había aceptado como amigo y ese fue el comienzo de todo lo que vino después.


Después de presentarnos y saludarnos con las mejores cortesías virtuales, los mensajes comenzaron sucederse con cierta vertiginosidad y, una vez pasada esa etapa en qué uno se pregunta en qué barrio vivís, a qué te dedicas, con quién vivís y esas puerilidades en donde se miden distancias y se realiza alguna especulación, para entrar en otros terrenos del conocimiento y ver si es real o no la empatía, decidimos intercambiar nuestros números de celulares y continuar la conversación de otro modo. Si su foto me había cautivado, qué podía decir de la sonoridad de su voz, la misma adquiría una musicalidad embriagante puesta al servicio del énfasis exacto de cada palabra. Podría escucharla horas y horas, así me contara las cosas más insulsas o terribles acerca de su vida. ¡Cuánta alegría había en su tono! Y qué contagiosa era. Ese primer día hablamos como tres horas sin parar, y hubiéramos seguido si no fuera porque el sueño nos iba ganando a los dos y podíamos escucharnos los bostezos e imaginar otros signos del cansancio.

A la noche siguiente retomamos la conversación. Me sentía muy alegre de poder hablar con alguien acerca de las transferencias, del nudo Borromeo, de lo real, lo imaginario y lo inconsciente. A decir verdad, hacía bastante que había abandonado el uso de ese lenguaje, del cual durante un tiempo fui un prisionero. Atrás habían quedado aquellos años, donde asistía a los cursos de verano que daba Germán en la fundación. Escuchaba muy atento todo lo referido a ese paciente suyo, que había abandonado la casa en González Catán para escapar del cerco de su familia opresiva. Me gustaba escuchar la historia de ese analizante suburbano porque, por momentos, me hacía acordar a aquellos meses de invierno de unos años atrás, cuando el loco De Gregorio cruzaba la vía con el andar de los desaforados y, parado bajo el balcón de mi casa, gritando como un descocido me pedía que fuera su analista; ante mi negativa, se iba bufando y me decía:

-Si te arrepentís, estoy en la Plaza Houssay.

-El mío también para en la Plaza Houssay –me dijo Marta- duerme en los portales de la facultad de Medicina. Me contó que al mediodía y a la noche aparecen voluntarios con comida caliente… me parte el alma; si no fuera mi paciente lo traería a mi casa, es tan inteligente ese chico y la familia tan bruta. ¡No sabés lo bien que escribe! ¡Ay! La inteligencia de ese chico, no entiendo cómo puede estar tan desperdiciada.

En cierto punto me sentía condolido con su paciente, no solo porque durmiera en la calle sino porque recordaba la vergüenza que yo sentía por mi familia. Especialmente por mi padre, que nunca había leído un libro y solo veía partidos de fútbol en la tele y, con la gente, solo hablaba sobre el estado del tiempo. Se sentaba en un banquito a tomar mate en la vereda y al que pasaba le decía: “Mañana parece que pronosticaron tormenta” o “el fin de semana llueve”. Mi madre también me daba vergüenza, se dedicada a hablar de enfermedades o mal de la gente, con el fin de manipular las situaciones a su alcance. Por tales motivos había dejado de llamarlos hacía unos cuantos meses y Marta me entendía como ninguna.

-¡Cómo no te voy a entender! –Decía ella con su vocecita juvenil.

-¡Qué bueno que me entiendas!

-Yo tampoco puedo con la locura de mi madre y si le digo a alguien que no la llamo porque está loca enseguida dicen: esta es una hija de puta, que dejó a la madre tirada por ahí. La comprensión es mutua, no te parece. Por suerte, los dos tenemos hermanos que se pueden ocupar de esas cosas y nosotros dedicarnos a lo que realmente vale la pena en esta vida.

De esa coincidencia sobre las relaciones familiares, pasábamos a hablar de los gustos gastronómicos, tan sustanciales en cualquier relación afectiva que se precie de tal. Ella me contaba sobre las diferentes salsas con las cuales acompañaba los espaguetis que el hijo le había regalado.

-Las tengo a todas frizadas, pero las descongelo enseguida con el microondas.

-¿Qué gustos tenés?

-Una con hongos y tomates secos, otra al fileto, una con crema y champiñones, otra a la parisién, voy variando, tengo como 50 paquetes de espaguetis. ¿Vos que comiste?

-Un pedazo de queso y un plato de sopa de verdura.

-¡Queso!

-Sí, queso.

-Hoy me robé un paquete de reggianito en el chino, esos chinos merecen que se los robe, son unos chorros, además está muy caro el queso rallado. Y éste, encima, es un mal educado y un chorro, se pasa remarcando los precios.

-Algunos son terribles, aunque hay de todo -le decía yo- a mí el de a la vuelta me da fiado, me dijo que es maoísta y peronista.

A veces, las conversaciones se derivaban hacía esos lugares impensados, como la conducta comercial de los chinos y el don de gente de los mismos. Cada noche esperaba con ansias su llamado y sentía en mi corazón la trémula sensación del enamoramiento.

-No sabés –me decía ella- hoy cené de nuevo espaguetis, pero con pesto, y me comí un frasco chico de Nutella, no podía parar, que rico es el Nutella, está carísimo. Por suerte en el Carrefour no hay tanta vigilancia y me pude robar un frasquito. No los afecta en nada a esos chorros del Carrefour un frasco chico, encima lo venden más caro que en el chino. ¡Ay! Mejor no acordarme del ladrón del chino, no paga los impuestos y es un explotador de mierda. Igual, voy a ver si paro un poco con las pastas y los postrecitos, porque estoy quedando un poco redondita. Voy a terminar convertida en una pelota.

Lo contaba con tanta gracia que yo le decía con cierta complicidad.

-No importa, si aumentás unos kilitos te voy a querer igual.

-Eso espero ¿sabías que la gente que roba es por falta de afecto? el robo no es otra cosa que un reclamo afectivo. Cuando veo a esos pibes que los pescan en la calle, no puedo dejar de mirarles esa carita desprotegida y esos ojitos… Un poquito de cariño y el guachito ese es un médico, un abogado, lo que él quiera.

-Sí, eso dicen.

Las conversaciones nocturnas ganaban terreno en la mutua confianza y se iban explayando hacía el terreno de la confesionalidad. Fue así que, a pesar de haberme arrepentido una vez cometido el hecho, le dije:

-Hoy me acordé de vos.

-¿Ah, si, por qué?

-Me robé un sobre de aceitunas negras en el chino.

-¡Ay, mi amor! Sos un raterito de poca monta.

-Sí, encima después me arrepentí.

-No te arrepientas, vos también reclamas afecto, me doy cuenta porque a veces tartamudeas un poquito, sobre todo cuando me contás estas cosas oscuras de tu vida.

-Todos necesitamos un poco de amor.

-Así es. Yo, se ve que necesito un poco más, hoy fui a un Farmacity a comprar los medicamentos que me mando el dentista. ¡Qué disparate lo que salen los antibióticos! En este país, para enfermarte tenés que ser millonario. Encima, con esta peste ya no hay camas en los hospitales públicos. Me gasté casi dos mil pesos en una caja de antibióticos y un antiinflamatorio, por suerte encontré unos lentes de sol muy lindos, me los metí en el bolsillo y no los pagué. Algo pude compensar. No sé si sabías que Farmacity está metida con la mafia de los laboratorios, son unos hijos de puta… El sábado, cuando nos conozcamos, los llevo. Vas a ver qué bien me quedan.

No faltaba tanto para la llegada de ese día, solo una noche más de conversación en la cual preferimos no explayarnos demasiado, como para dejar cosas para decirnos en el encuentro. Los dos miramos el pronóstico del tiempo y todo resultaba auspicioso, el cielo se anunciaba despejado. Con una mínima de 12 y una máxima de 25 grados, nada mejor que ir a los lagos de Palermo a violar la cuarentena, como dos adolescentes enamorados. Nos encontramos a las 2 de la tarde en Córdoba y Salguero. De lejos adiviné que era ella a medida que se acercaba. Si bien su cuerpo había dejado de ser estilizado, tampoco era la pelotita rechoncha en la cual ella temía convertirse.

El sol brillaba en el cielo azul y los gansos nadaban plácidamente en el agua límpida. Frente a una fila de cerezos rosados y blancos, una estatua de Confucio le daba cierto tono oriental, algo así como un detalle zen, a la tarde soleada. Rodeados por esa alegría irresponsable de los corredores y chicas pasando a nuestro lado a toda velocidad en sus patines, scooter o bicicletas, que sin lugar a dudas aumentarían en los días siguientes el número de infectados, nosotros nos sentíamos felices, lo podía ver en nuestros rostros cuando nos bajamos un poco los barbijos. En un momento nos sentamos a descansar bajo la sombra de un sauce, una de las ramas se extendía sobre la superficie espejada del agua; si hubiéramos tenido 20 años, con toda seguridad nos hubiéramos sentado en ella para mojarnos los pies pero, como eso estaba lejos de nuestro alcance, nos sentamos en el pasto. Yo cada tanto tiraba unas piedritas al agua y veía expandirse la onda hasta que todo volvía a ser como antes. En esa calma, ella a veces tomaba mi mano o se recostaba contra mi cuerpo por unos instantes, cuando eso sucedía podía sentir -vaya a saber uno por que prodigios del contacto- toda la falta de afecto y amor de esa Marta, que había dejado de escuchar mi proyecto de cambio de vida para mostrarme la foto de sus nietas. Igual algo escuchó, porque me dijo:

-Si, tenés que dejar de fumar, ya fumaste bastante, hay un tiempo para todo.

-No solo eso, quiero cambiar la forma de alimentarme, ya no estoy para comer un guiso de mondongo y tomar una botella de vino tinto todas las noches.

-Yo le doy a los espaguetis, pero solo un plato por día.

Entre la caminata y los descansos, la tarde llegaba a su fin y, con la caída del sol, la temperatura había bajado bastante. Decidimos volver hacía la plaza Las Heras, donde ella había dejado el auto estacionado. Por el camino encontramos una cafetería abierta y compramos dos cafés. Los íbamos tomando mientras caminábamos por una de las veredas del zoológico y ella se detuvo a mirar la vidriera de esa farmacia. Su atención se fijo en las balanzas exhibidas, pero sin precio.

-Esperame acá que voy a preguntar cuánto cuestan.


Yo me quedé afuera con el vasito de café a medio terminar en la mano, mientras pensaba cuántas cosas se podrían pesar en aquellas balanzas, tal vez el peso corporal de una mujer que come espaguetis todo el tiempo, pero con diferentes salsas, los 21 gramos del peso del alma, la densidad de la soledad y todas las ausencias posibles, el peso menguante de alguien que inicia una dieta saludable y deja de fumar, para que la tos no lo avergüence frente a los otros; cuántas cosas más podría agregar a todas esas, tal vez fueran infinitas como los deseos o los propósitos a los que uno se disponga con amor o sin él. Yo podía seguir en esa divagación filosófica por toda esa espera u otras futuras pero ella apareció de golpe y, en cierto modo, me sorprendió al verla con una de las balanzas debajo el brazo.

-¿La compraste?

-Sí, quiero controlar mi peso.

-Qué bien.

-Aunque el médico me dijo que lo mío no es gordura, es hinchazón.

-Hay que saber diferenciar.

-Como dicen en el campo, no hay que confundir…

Ella no alcanzó a terminar la oración, cuando de pronto dos tipos vestidos con el uniforme propio del personal de seguridad se abalanzó sobre nosotros y nos puso contra la pared a los gritos y de malos modos. Enseguida le quitaron la balanza hurtada unos minutos antes, no dejaban de vociferar. Uno, el más gordo, me pegó una patada en los tobillos y no pasó mucho tiempo para que gente curiosa comenzará a agruparse alrededor de la escena bochornosa. Podía escuchar los comentarios a pesar del momento contrariado que vivía.

-No parecen chorros.

-La ocasión hace al ladrón.

-Debe ser una confusión.

-Parecen gente bien, gente de este barrio.

-Negros no son.

-No, la señora parece seria.

En medio de ese bochorno, me sentí aliviado cuando escuché la sirena de un patrullero, lo único que deseaba era estar en la comisaría para explicarle, a quien correspondiera, que no se trataba de un robo, que no era la balanza en sí el objeto del hurto, que todo se trataba de una gran confusión, eso una gran confusión producto de la falta de afecto.

sábado, 16 de mayo de 2020

Historias de la pandemia 1


LOS MUERTITOS

por Eduardo Silveyra
 
El trayecto desde Flores a Floresta lo hizo un tanto temeroso y se alargó más de la cuenta por esquivar los controles policiales, que aparecían sorpresivamente en las calles mal iluminadas que debía cruzar, pero no podía dejar de ir a la casa de Nora a buscar esas flores cultivadas con esmero durante tanto meses. ¡Flores! ¡Flores! Lo ayudarían a soportar mejor la cuarentena, valía la pena arriesgarse a pesar de la policía. Todo lo acordaron por el celular.
-Cuando estés abajo, mandame un mensaje porque no funciona el timbre.
-Llego en 20 minutos.
-Te las tiro por la ventana.
-¿No vas a bajar?
-No, se me acabo el desinfectante y me cuido de no pisar la calle.
-¿Qué tiene que ver?
-Tendría que rociarte todo, sino es muy peligroso.
-Tenés razón, tiralas por la ventana.
La ansiedad lo corroía y una cuadra antes de llegar le envió un mensaje a Nora:
-Ya llegué.
Pero, cuando estuvo debajo de la ventana indicada, Nora ni siquiera había subido la persiana y volvió a mandar otro mensaje. Justo en ese momento, un patrullero aminoró la marcha y la poli que conducía lo miró como se mira a los sospechosos, a los infractores, pero el asunto quedó en la presunción de la sospecha y la patrulla continuó su camino, aunque eso no lo tranquilizó. Y al ver que los textos seguían sin ser leídos, le envió un audio.
-¡Boluda, estoy abajo! ¡Ya pasó la policía! ¡No caminé 20 cuadras al pedo! ¡Por favor, atendé!
Volvió a encender otro pucho y miró la hora en el celular, las 2:25 de la madrugada, era posible que su amorosa novia se hubiera quedado dormida y dejó los audios y mensajes de lado, decidió llamar directamente, pero al final cortó porque su llamada no era atendida. Bufando como un loco, decidió esperar solo cinco minutos más y, de no obtener respuestas, pegaría la vuelta resignado. El tiempo pasó volando, pero no exento de puteadas y terrores y, cuando ya emprendía los primeros pasos de la retirada, ella lo llamó y le dijo:
-¿Me estuviste llamando?
-Sí, te llamé como 10 veces, hace 15 minutos que espero.
-Es que anda mal mi celular, vení a la puerta que estoy abajo.
Dobló la esquina y allí estaba Nora en el umbral, en camisón y con las ojotas calzadas con cierto trabajo por las medias de lana que tenía puestas. Al verla, tuvo el deseo de tocarla, lamerla, chuparla. Cubierta con ese ropaje ridículo, se escondían sus turgencias y el tenía ansias de desenfreno pero, al verlo, ella le dijo:
-¡No me mirés la facha, estamos en cuarentena!
-Yo también parezco un ciruja.
-¡Parate ahí y cerrá los ojos!
Se quedó parado en el lugar preciso y cerró los ojos como ella se lo había ordenado, en esos instantes de parálisis, sintió el roció del agua con lavandina en su cara y como esa humedad olorosa impregnaba su ropa.
-¡Listo! ¡Ya estás desinfectado!
-Vos estás loca.
-¡Loca! Caminaste 20 cuadras por este barrio lleno de infectados.
-Tenés razón.
-Tomá las flores, fumate un rico faso y, si te pinta el deseo de garchar, avisá que hacemos algo por video conferencia.
-Dale, te aviso.
-Chau -le dijo ella, lanzándole un beso al aire. La primera cuadra la caminó alegre y distendido, pero esa alegría se evaporó atravesada por un pensamiento cuya certeza le atravesó la mente: A ella le importaba más la salud que el amor, y se ofuscó al comprobar que el contacto físico era una restricción que limitaba no solo a los afectos, sino aquello llamado lo físico, lo corporal, y esa Nora, por tan loca que fuera, no había transgredido la ordenanza. Esa reflexión se desvaneció pronto y su ánimo cambió hacia un estado paranoico apenas soportable, al ver a otra patrulla cruzar la calle de la esquina siguiente. Cómo explicar ese olor a lavandina, cómo justificar llevar un frasquito lleno de flores de cannabis, no paraba de maldecirse en medio de esa agitación, la cual lograba aplacar si se detenía unos segundos la marcha para decirse: No soy un prófugo ni un evadido, soy sólo un ciudadano común y silvestre. Sólo hoy he roto la cuarentena. Se consolaba a sí mismo con esas puerilidades, al tiempo que se cruzaba de vereda si acertaba pasar por la puerta de un geriátrico, a los que consideraba focos de contagio en potencia, al igual que a la gente que dormía en la calle. Ya tenía bastante con los tres que acampaban enfrente de su ventana y, al salir, le decían:
-Buen día vecino.
-Buen día. –Les respondía de mala gana.
Porque se emborrachaban a cualquier hora y, ante la ausencia del tránsito de vecinos “auténticos”, encendían fuego para cocinar y llenaban de humo la cuadra, después del guiso continuaba el beberaje de las cajas de mal vino y comenzaban las peleas, uno amenazaba a otro con hundirle una faca en la panza y este recibía la amenaza de ser prendido fuego, mientras el tercero los amenazaba con molerlos a palos si no lo dejaban dormir.
Cuánto alivió sintió al llegar, los tres deshilachados dormían. Lo primero que hizo fue buscar In a silent way de Miles Davis en youtube y armarse un porro, la música ideal para disfrutar la serenidad de la madrugada. ¡Un hombre feliz! ¡Sí, soy un hombre feliz! Abrió uno de los postigos y contemplaba el cielo estrellado, mientras las series de notas irrumpían como una sustancia sonora en el aire fresco de la noche. ¡Qué más pedir! Una copa de vino Malbec, sería lo más oportuno, por suerte aún quedaba un resto en la botella. Después de echar el humo de una buena seca, brindó en solitario desde la ventana, por los tiempos futuros y por ese presente tan disfrutado que vivía con intensidad. Pero, de pronto, esa calma fue quebrada por el vozarrón de uno de los durmientes.
-¡Hijo de puta, me tocaste el culo!
-Fue sin querer.
-¡Por eso, pensé que querías cogerme y no te animas, cagón!
-¡A vos te voy curar a cuchillazos en la panza, puto de mierda!
-¡Animate, vas a ver cómo te prendo fuego!
-¡Si no me dejan dormir los voy achurar a los dos!
-¡Vos no podés achurar a nadie, no sabés las ganas que te tengo!
-¡Ganas de qué, te voy a moler a palos!
-De amarte mamita, no me pegues.
-Te voy a romper todo.
En ese momento el amenazante moledor a palos se levantó y tomó un fierro de abajo del colchón, al tiempo que el amenazado hacía lo mismo con una faca y se ponía en actitud defensiva y el tercero se incorporaba con una botella de alcohol en la mano y les decía,
-No me rompan los huevos, los voy a prender fuego a todos.
-¡A quién vas a prender fuego!
-A ustedes, que no dejan dormir.
La discusión no duró mucho y pronto se pasó a los hechos, porque un palazo dado certeramente y a traición le reventó el cráneo a unos de los discutidores quien, convulsionado, cayó al piso casi muerto, al verlo ahí tirado en el piso y con la sangre mojándole los pies, el de la botella le arrojó todo el alcohol del frasco al agresor traicionero, quien se convirtió en una pira humana después que el otro le lanzara el encendedor con la llama abierta.
-¡Me mataste, hijo de puta! –Decía el de la cabeza rota.
-¡Vos me prendiste fuego! –Decía el traicionero.
A la trifulca mortífera se sumaron los gritos de algunos vecinos.
-¡Dejen dormir, hijos de putas!
-¡No jodan con fuego, me van a incendiar el auto!
-¡Apaguen ese fuego que hay un olor espantoso!
-¡Llamen a la policía!
-¡Ya la llamamos mil veces y no vienen!
Esa contingencia de presenciar el espectáculo de un bonzo ante sus ojos y el aturdimiento por los gritos de los vecinos detestables, lo hicieron tomar una determinación. Se fue al placar a buscar la Beretta, para aliviar la pena del muertito encendido, que había logrado apagar un poco las llamas y aún le quedaba un resto agónico de voluntad para cobrarse venganza. Había arrinconado al traicionero contra el tronco del árbol y le daba una puñalada tras otra, hasta que cayó en el suelo con la panza cosida a puntazos. La perrita, a la que siempre llamaba ¡Puta, vení acá! O ¡Borracha, no cruces la calle!, ladraba a su lado, como si quisiera revivirlo.
Cuando encontró el arma, se asomó a la ventana y le disparó al incendiado. Humeaba y gemía recostado contra el paredón, tuvo el valor de volverle a disparar para liberarlo del sufrimiento, cuando el otro decía:
-¡Quiero morirme ahora! ¡Quiero morirme ahora!
Después de los disparos, volvió el silencio. Aún no había calibrado –palabra acorde a la contingencia- si su acto podría ser interpretado como el de un benefactor atroz o el de un hombre acorralado por la circunstancia, en las que se encieerran ciertos prejuicios miserables. Ya no sonaba más In a Silent Way y cerró los postigos para protegerse del frío y del horror de las muertes. Se recostó en la cama, con la intención de que el sueño lo alejara de toda la miserabilidad, pero no pudo lograrlo. A través de las celosías se colaba la luz azul parpadeante de los patrulleros, podía oír las voces de la jerga policíaca y otro temor se apoderó de él. En las autopsias podían descubrir los disparos, los peritos en balísticas podían determinar la distancia y el ángulo de los mismos y ser incriminado como un asesino. Entonces, aterrorizado, se vio pasando de un encierro a otro encierro y que tal vez no moriría infectado por el virus, pero si de un infarto, de un ACV y del cansancio de su cuerpo en una cárcel inhóspita. Volvió a levantarse, se sentó en el sofá y se llevó la Beretta a la sien, pero el tiro del final no le salió, la bala quedó atascada. En la ráfaga de unos segundos, un pensamiento casi inútil, lo absorbió todo: El suicidio, también, es una determinación que siempre se toma demasiado tarde.