miércoles, 13 de mayo de 2009

Laberinto a Voegele

(Hacia una reformulación de la realidad)

por Nicolás Raúl Correa

..."Di questa costa, là dov`ella frange
più sua ratteza, ñaque al mondo un sole,
come fa questo talvolta di Gange"...

Ya en el descubrimiento que se realizó en el grupo escultórico que se encuentra en la basílica de San Francisco (Alsina y Defensa, Ciudad Autónoma de Buenos Aires) podemos encontrar el mejor ejemplo del arte codificado y mediado, y no sólo en ese descubrimiento, sino en el conjunto de relaciones que la escultura ofrece. Podemos decir que la totalidad del grupo escultórico nos sugiere mucho más y no sólo unos papeles viejos en la cabeza de una estatua. Dicha representación está constituida por San Francisco de Asís, Dante Alighieri a su derecha, a su izquierda Giotto di Bondone y en posición de reverencia, Cristóbal Colón. El aspecto mudo de esta formación no es en vano y lo llevaremos como directriz que recorra nuestro horizonte de acertijos; el caso más apasionante de la codificación sistemática de una obra que en su momento tuvo una función especulativa y concreta, propuesta por la siempre dominante ideología de la iglesia y veremos por esto su mediatización de sentido. Hoy, la función representativa de la obra modificó su patrón de referencia y, tal vez, podamos asignarle el sentido verdadero que supone. Un sin fin de preguntas nos trae este hallazgo interesante, desde muchas perspectivas.
En primer lugar el autor, Antonio Voegele, austriaco, nacido en Pradl, distrito de Innsbruck, del cual uno podría preguntarse eternamente sin tener una respuesta satisfactoria o un eco siquiera de aquella existencia y, después de buscar sus pasos por doquier, hallamos que la mejor referencia a sí mismo, es la escultura en sí. Nació en 1860 y murió en 1924, probablemente, esperando este momento. Era un hombre taciturno y no muy alto. Paciente, quizá, el mejor adjetivo. Hasta donde puede saberse vivió en la calle Juncal 2437 y poseía taller propio. Poco, realmente muy poco.
El arquitecto Ernst Sackman, alemán, se encargó de renovar la basílica y en 1911 la presentó como el "nuevo templo", con una fachada preciosista y de un barroco bávaro deslumbrante, quitándole todos los detalles del antiguo templo español, del que sólo quedaban el altar y algunos objetos que posteriormente se perdieron, junto a las estatuas de San Francisco y San Roque durante la quema de iglesias ocurrida en 1955.
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 11. En quioscos y librerías.

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