miércoles, 13 de mayo de 2009

Homenaje a Cataluña

por Carlos Penelas

Edward Hopper (1882-1950?), pintor realista norteamericano de temas urbanos y arquitectónicos que plasmó en sus obras imágenes de hostilidad y enajenamiento, nos dice: "Yo no pinto la tristeza y la soledad, sólo intento pintar la luz en esta pared". Esta sola definición bastaría para resumir el clima, la literatura y la ideología que hay en Homenaje a Cataluña. Llegaremos a esta obra bordeando algunos textos y contextos para proponer una indagación sobre el libro de Orwell.
Hay una lista de escritores que discreparon con la ortodoxia del Partido: Koestler, Gide, Malraux, Bretón, son algunos de ellos. Tres poetas ingleses, significativos, que si bien practicaron una poesía política no cayeron en la ortodoxia fueron Stephen Spender, C. Day Lewis y W.H. Auden. Tuvieron una trayectoria de credulidades y desilusiones. En 1937 Spender se alza contra la rigidez dogmática del marxismo. Nos dice: "La ortodoxia dogmática que tal vez consiga imponer una revolución habrá de expresarse instalando una censura estricta y una policía secreta. La sospecha y la represión tendrán sus ministerios". Debemos recordar al pasar aquel excelente film de Terry Gilliam, Brazil, en donde nos presenta una alternativa dramática de la que pende nuestro destino como individuos. Y naturalmente, I como Icaro, en donde el policía le dice al protagonista: "Las revoluciones pasan, la policía queda".
Sin duda, un lector de formación mediana conoce los nombres de Swift, Carroll, Wells, Huxley, Defoe o London. Son autores que han leído o han escuchado hablar de ellos. No sucede lo mismo con Orwell. Este se opuso desde una militancia ética, con lucidez, a todo espejismo triunfalista marcando con su disidencia una línea. Por esos años, Day Lewis acentuó su oposición a todo dirigismo literario: "La primera condición de un poema es que sea bueno, técnicamente, se entiende". El escritor inglés Philip Henderson, que durante algún tiempo aceptó ciertos convencionalismos del dirigismo marxista, proclamó en 1939 que "... el deber de un poeta no es convertirse en político, sino interpretar imaginativamente la crisis instalada en la mente del hombre".
Venimos asistiendo a la caída de todas las ilusiones: las metafísicas, las religiosas, las ideológicas. Ahora leemos los excesos del mundo virtual. La proliferación de pantallas e imágenes. La realidad ha sido expulsada de sí. Todo se enmascara. Hay una obscenidad que está en la ilusión y la apariencia, vivimos rodeados de modelos efímeros. Aparece la simulación, el vértigo. La televisión nos presenta un encadenamiento insensato, ininterrumpido. Es un mundo saturado que cae en la indeterminación. Por eso los reality show. Tenemos una representación de la verdad, una obscenidad que nos invade. La violencia y la promiscuidad van sepultando los hechos, las miradas, los gestos. Se sepulta en el silencio y el olvido. Por eso reivindicamos la cultura de la resistencia, o la esperanza desesperada.

Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 10. En quioscos y librerías.

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