jueves, 15 de octubre de 2009

Editorial - Septiembre de 2005

Hace 38 años, los agentes del imperialismo asesinaban al Che Guevara. Caía así, en combate, quien fuera el mayor ideólogo -y práctico- de la lucha por la liberación de los pueblos.
Su incursión en territorio boliviano fue una empresa extremadamente audaz y difícil que pagó con su vida, puesta al servicio de la causa más noble y solidaria: la felicidad ajena.
Guevara representó cabalmente la unidad monolítica entre los tres estadios que motivan las acciones de los hombres: pensamiento, palabra y obra, donde su vida fue sólo un hilo conductor y cada actitud puesta al servicio directriz de la lucha revolucionaria. En una oportunidad dijo: "en una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera", hizo todo por lo primero y supo enfrentar con grandeza lo segundo.
Muchos años han pasado y otros luchadores tomaron sus banderas a su tiempo. Una lucha, tan desigual como justa, se desarrolló en el mundo entero, dejando al descubierto la cara más descarnada del capitalismo, cuyo icono más patente se identifica en los Estados Unidos de Norteamérica y sus fuerzas de ocupación y dominación, tanto militares como económicas. Una suerte de Gran Hermano que nos controla hasta el pensamiento y digita nuestro modo de vida. Esta ave de rapiña todo se lo lleva, dejando a su paso sólo muerte y miseria, creando un modelo que sólo puede subsistir mediante la devastación del medio ambiente y la puesta en riesgo de la vida del mismo planeta. Tan salvaje y excluyente, que se diferencia de la ley de la selva solamente por la falta de inocencia en la comisión de sus actos.
En los años 60, la corriente antiimperialista y pacifista agrupada en el llamado Flower power (Poder de la flor) o movimiento hippie, asumía no accionar contra el sistema pues, afirmaban, "sus bases están tan podridas que caerá por propio peso". Ernesto Guevara, desde una posición diametralmente opuesta, pero con el mismo fin escribía el artículo "Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna".
Hoy asistimos a un momento histórico crucial. Es el propio imperialismo quien está creando, cual guevarista bizarro, las condiciones de multiplicación de esos Vietnam. Lo vemos claramente en Irak y Afganistán, pero también en Colombia y cuanto país sufre sus llamadas invasiones humanitarias de liberación.
Tal vez sea cierto que su fin esté próximo, pero quien dice próximo en términos históricos habla de décadas, tal vez siglos y eso, traducido a vidas, significa un dolor inaceptable. Tal vez, entonces, sea hora que le demos un empujoncito, que lo ayudemos en su caída, y para eso es menester que nuestros gobiernos asuman un compromiso histórico con su pueblo.
Nosotros, desde estas páginas y en la calle, repudiamos la mal llamada visita del genocida George W. Bush, su comitiva y cuanto estadista apoye su accionar y avalamos todo acto y organización que lo condene, concientes de que cada minuto es la hora de los pueblos.

En la edición impresa de Lilith Nº 4. Sólo en librerías o por pedido.

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