por Carlos Patiño
“Estos huesos brillando en la noche
estas palabras como piedras preciosas”
Alejandra Pizarnik
Ardillas ojeras diminutas
nuestras palabras juntas ruedan desde el
fondo del pecho
abren
desnudan
mundos
casi siempre
cerrados al ajeno
airean
caminos recoletos
andados cada quien por su lado
cuando ni vos ni yo somos ni éramos.
Estamos
al mando de la noche
cuando la luz es tenue y nubla los
entornos
asordina las voces
escurre la memoria.
A veces nuestros dedos tienden a endurecerse
cuando cruzan la bruma de ayeres ordinarios
y acuden
terrores y desdichas
dolores y secretos
musitados
dolidos
ocultos
en cajas de zapatos
doble vuelta de amarra.
Y soltamos también a cabalgar estrellas
nuestro mismo lenguaje
vagabundo en creaciones:
ese único mundo disponible
para hacer un nosotros.
En esta opaca luz
todo se ha dado vuelta:
en lugar de no vernos
cada palabra más
brillamos uno al otro
cada palabra
como ardillas ojeras diminutas.
jueves, 20 de mayo de 2010
jueves, 29 de abril de 2010
Lilith:
La Vera Historia
Nada más molesto para el ser humano, animal de costumbres arraigadas si los hay, que alguien le cambie el esquema de vida, su escala de valores, sus hábitos y costumbres. Con más razón Dios, molde del que salió el hombre a su imagen y semejanza.
¿Qué podía ocurrir cuando, luego de creado el mundo, su propia criatura se le revelara hostil, cuestionadora? ¿Qué, si en medio del equilibrio divino, la mujer planteara un mejor orden, un status que considerase más justo de aplicación que el celestial?
por Rubén Sacchi
UNA CUESTION DE SIGLOS
Cuando Emile Cioran sentenció "el mero hecho de existir es tan terrible que, comparado con él, Dios es pura bagatela" planteaba una cuestión concreta: la vida podría provenir de la divinidad, pero tal entelequia sólo sería pasible, no ya de superarse sino al menos de paliarse, dando la espalda a la existencia o no del creador en cuestión, ya que la propia supone por sí misma un universo difícil de digerir. Pero la disquisición del filósofo rumano no era novedosa. Miles de años antes de Cristo, Lilith, la primera mujer, pateaba el tablero del génesis y decidía que vivir era más importante que amar al dios que la había creado. Transgrediendo así el primer y fundamental mandamiento, mucho antes que Moisés, en el monte Sinaí, recibiera las tablas de la ley.
Desde que el mundo es mundo, no hay crecimiento individual si no se rompe con el esquema paterno. Si no se tuerce el mandato ancestral. La disyuntiva es: prolongar la vida de nuestros padres o vivir la propia, inventarla y recrearla a cada instante. Y esa fue su decisión. Pero Lilith no se quedó allí. La ruptura del modelo incluía la figura del macho dominante. Figura continente que limitaba el ejercicio pleno de su vida, su goce, su placer.
En pos de su independencia, renunció a la protección masculina, al hogar y, sobre todo, a la familia tradicional, eje en el que gira la estructura burguesa de la sociedad y se origina un sistema de explotación basado en el poder y la discriminación.
Más allá de las distintas leyendas que dieron origen al mito, Lilith simboliza hoy la igualdad de la mujer en una sociedad que aparenta darle libertad y participación, pero sólo enmascara su intención de metamorfosearla en objeto de consumo suntuario. Lilith: la condenada. La rebelde e insatisfecha se ha multiplicado en cientos de mujeres que dieron su felicidad y hasta la vida, por un mundo justo, más digno de ser vivido.
PALABRA DE DIOS
"Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra"(1). Estas palabras, tomadas textuales de La Biblia, nos dan una imagen clara de la creación: hombre y mujer en un mismo acto, igual mandato y una sola bendición. Este matrimonio primordial, ejemplo de la perfección celestial, debía ser, por ende, el paradigma de la felicidad. Pero no fue así. Adán y Lilith nunca encontraron la paz ya que ella, considerándose su igual, no quería adoptar la postura recostada debajo de él durante el acto sexual. Exclamaba: "¿Por qué he de recostarme debajo de ti? Yo también fui hecha de polvo y, por consiguiente, soy tu igual".
Lilith acudió a Dios con sus reclamos de igualdad y éste, por toda respuesta a sus planteos, le impuso la orden de sumisión. Ella postulaba su igualdad por provenir del mismo barro y respirar el mismo aliento, por lo que no acató la directiva divina. No era débil ni inferior, no dependía de los favores de Adán y, antes de someterse y renunciar a sus principios, decidió abandonar el Paraíso.
EL BIG BANG DEL EDEN
La tradición judía, al igual que muchas culturas de la antigüedad, da un valor esencial a la palabra. Considera que todo nombre verdadero abarca las características de lo que alude, por añadidura es posible conocer su esencia, lo que permite adquirir sobre lo nombrado un poder especial. De allí que a Dios se lo considere El Innombrable y sólo se lo pueda sustantivar en forma genérica, ya que mencionarlo equivaldría a un acto de soberbia superlativa. Su verdadero nombre, que nadie conocía, fue revelado a Lilith por el Supremo, víctima de su seducción. Dios le dio alas, a semejanza de los súcubos y así pudo abandonar el Paraíso. Lilith se estableció, desde entonces, en una cueva a orillas del Mar Rojo.
En su nueva residencia tiene como amantes a los Demonios del mundo y desova cientos de miles de nuevos Demonios. Allí llegan en su búsqueda Senoy, Sansenoy y Semangelof, tres ángeles que el Creador envió con la misión de llevarla de vuelta al Edén, so pena de ultimar cien de sus hijos-demonio por cada día que mantuviera su negativa. Lilith decide que esa suerte, aún, es mejor que la vuelta. Los ángeles cumplen su amenaza y ella, furiosa, ruge un juramento que hasta el propio Yahvé escucharía: en venganza por su dolor, mataría a los hijos de Adán, atacaría a los niños y a sus madres durante el nacimiento. Vaticinó también que los recién nacidos niñas estarían en peligro por veinte días y por ocho los varones. Y fue más allá, para compensar la pérdida de sus vástagos, dijo que atacaría en sueños a los hombres para robarles su semen, con el que daría nacimiento a más niños-demonio, que ocuparían el lugar de los asesinados.
Dios no podía contener la tristeza de Adán, por lo que se dijo: "No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él."… "Hizo pues, Yahvé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido, tomó una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó Yahvé Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: 'Esto si que ya es hueso de mis huesos y carne de mi carne'"(2).
LA LILITH MESOPOTAMICA
El origen de Lilith tiene múltiples teorías. La palabra lil, en sumerio, significa aire; el término más antiguo que se encontró es la palabra lili, cuyo plural es lilitu, que en la referida lengua puede definirse como equivalente a espíritu. En muchas culturas la misma palabra que, utilizada para nombrar aire o aliento, se empleaba para espíritu. De ahí su emparentamiento a la figura demoníaca del súcubo, ya en esa antigua civilización.
Juan José Abenza nos cuenta que, según la creencia babilonia, los dioses primeros emergieron del Mar Gigante localizado en los cielos, extensión interminable que representaba el Gran Caos del Abismo. Eran llamados los Ab-Zu y constituían poderes estelares conectados con la Gran Profundidad directamente. Quienes seguían su voluntad, los An-Zu, eran poderes lunares y estaban en conexión con el aire del cielo nocturno.
Los más importantes entre estos eran los Abgal, siete semidioses que emergieron de las aguas del Abismo y que fueron creados de ambos sexos a la vez. Lilith era el lado femenino de uno de los espíritus del viento nocturno perteneciente a un grupo de espíritus guías benevolentes llamados Lili (Lilitu) o Lama (Lamatsu). Eran los encargados de guardar las puertas que separaban el plano físico del espiritual y sólo a través de las cuales podía atravesarse de uno a otro. Se hallaban a la entrada de los templos. Lilith, como guía hacia la sabiduría de la inmortalidad, era representada llevando los anillos de Shem, los símbolos más antiguos para mostrar que alguien ha pasado a la inmortalidad cruzando el Submundo y así alcanzar la sagrada sabiduría del Arbol del Conocimiento.
Como guardiana y dispensadora de los misterios del templo, Lilith era la original Mujer Escarlata, y su sacerdotisa realizaba magias sexuales con el resto de sacerdotes y nobles para obtener transformaciones espirituales que le llevasen a la iluminación, además de la regeneración del cuerpo físico para prolongar su vida. Estos misterios incluían un tipo de alquimia física realizado con la sangre que la sacerdotisa eliminaba a través de la menstruación. Aunque originariamente el término Mujer Escarlata se refería a la sangre menstrual, pronto se mezcló con otro símbolo de poder divino: el pelo rojo, ya que muchas culturas de la antigüedad creían que, quien lo poseía, tenía algún antepasado ya ángel, ya demonio, lo que era indicador de un mayor poder, tanto físico como espiritual.
Una representación de un Lamatsu la muestra con cabeza de leona, llevando una serpiente en cada mano en el bote de los dioses que cruza el Submundo.
De esta época datan sus primeras apariciones en escena y es allí donde se enraíza la concepción hebrea, tal vez durante el cautiverio de este pueblo en Babilonia (año 600 a.C.). Se la conocía también como Ardat Lili, nombre proveniente de la palabra ardatu que definía a una doncella joven. Por definición y unidad de conceptos era un demonio en forma de joven mujer, de hábitos nocturnos, que atacaba durante el sueño a los hombres. Se le atribuían los sueños eróticos, además de las eyaculaciones nocturnas involuntarias.
En Asiria, Lamatsu, se sindicaba hija de Anu, dios del cielo, quien se introducía durante la noche en las casas para robar o matar bebés en sus cunas o, incluso, antes de nacer. La muerte súbita infantil y el aborto natural, a falta de explicaciones científicas, se asociaban a su accionar. Lamatsu también podía atacar a adultos trayéndoles enfermedad, esterilidad, pesadillas o chupando la sangre de los más jóvenes. Para protegerse de su intervención, las mujeres embarazadas usaban amuletos de Pazuzu, un dios maligno que, según la leyenda, había vencido a Lamatsu.
El "Cantar de Gilgamesh”, considerado uno de los libros más antiguos (año 2700 a.C.) relata la historia de un demonio femenino, tomado como la misma Lilith, que reside en el Arbol de la Vida de la diosa Inanna, por lo que su crecimiento y producción se ve afectada. El héroe la obliga a salir y huir al desierto. Puede leerse en su prólogo:
"Despues de diez años, el árbol había madurado. Pero mientras tanto, ella seguía consternada pensando que sus esperanzas no podrían cumplirse porque durante aquel tiempo un dragón había construido su nido al pie del árbol, el pájaro-zu estaba cuidando a su cría en lo alto y el demonio Lilith había construido su casa en el medio. Pero Gilgamesh, que había oido las plegarias de Inanna vino a su rescate. Cogió su pesado escudo mató al dragón con su hacha de bronce pesado que pesaba siete talentos y siete minas. Entonces el pájaro-zu voló hacia las montañas con su cría, mientras Lilith, petrificada por el miedo derribó su casa y voló hacia el desierto".
La asimilación de las costumbres de cómo desarrollaban las prácticas sexuales las sacerdotisas seguidoras de la diosa griega Hécate, habrían compuesto también parte de esta leyenda. (3)
LA LILITH HEBREA
Aunque sus primeras apariciones fueron en la Mesopotamia, la leyenda toma más fuerza en la tradición judía. El nombre Lilith, proviene aquí de la palabra layil, que significa noche. Su historia de creación, disconformidad y huida del paraíso está relatada en el "Alfabeto de Ben Sirah", escrito entre los años 600 y 1100 de nuestra era y es sostenida por la “Kábala”.
No es de extrañar que un pueblo, del que bien sabemos de la rigidez de costumbres, tradiciones y cumplimiento de sus preceptos religiosos en los practicantes ortodoxos de la fe, utilice la figura de Lilith para adjudicarle una serie de culpas que, de otra manera, recaerían en quienes consideran faltas mortales los meros pensamientos o sueños lujuriosos.
También se la menciona en los "Manuscritos del Mar Muerto", con una cita en plural: "Y yo, el Sabio, declaro la grandeza de su resplandor en orden a asustar y espantar a todos los espíritus de los ángeles de la destrucción y los espíritus bastardos, demonios, Lilitas, búhos y chacales y aquellos que atacan inesperadamente para llevar por mal camino al espíritu del conocimiento…" (4)
Una religión monoteísta, de un sólo dios masculino, que rompe la tradición de la Diosa Madre arraigada en las culturas primitivas, no puede aceptar que el fruto de la creación sea hombre y mujer. Hay quienes aseguran que las Sagradas Escrituras han suprimido la figura de Lilith; que, a través de los siglos y bajo el mandato de bulas y concilios, la historia fue modificada. No hay pruebas al respecto, pero de todos modos quiero reproducir aquí la premonición del profeta Isaías en un versículo del “Viejo Testamento”: “Perros y gatos salvajes se reunirán allí, y se juntarán allí los sátiros. También allí Lilit descansará y hallará su lugar de reposo”. (5)
NUESTRA LILITH
Cuando en 1978 leí "El horror de Red Hook", del maestro Howard Phillip Lovecraft, descubrí por primera vez el nombre de Lilith. Estaba por editar una revista y decidí que se llamara así. A partir de ese pequeño hito, se han sucedido infinidad de referencias, desde el “Talmud” a la “Torah”. Es el asteroide 1811 de los astrónomos y el punto vacío que representa La Luna Negra de los astrólogos. Es quien sedujo a Adán para engendrar a Caín, la mujer con cuerpo de serpiente, que tienta a Eva con la manzana y habita los frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina, y la esposa de Asmodeus, rey de los demonios. Es la Reina de Sheba, de la cual sospechaba Salomón y la compañera de Samael, Satanás, Lucifer o El Angel Caído. Es la Lamia de los griegos y la Brunilda de los Nibelungos.
Pero para nosotros fue algo menos mitológico aunque con igual contundencia simbólica. Significó la libertad. La libertad de elegir. La resistencia a quienes, erigidos en dioses, nos indicaban un modelo de vida donde "el silencio es salud" y "los argentinos somos derechos y humanos". Fue una barricada de independencia y sentido crítico. En síntesis, Lilith fue y sigue siendo una cuestión ética.
NOTAS
(1) La Sagrada Biblia. -10ma. edición- Versión directa de las lenguas originales por Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O.P. Génesis, 1, 27-28.
(2) Id. Génesis, 2, 18, 21-23.
(3) "Las hechiceras griegas que adoraban a Hécate eran partidarias de colocarse encima… y así se ve en las primitivas representaciones sumerias del acto sexual". Robert Graves.
(4) Manuscritos del Mar Muerto, 4Q510 frag. 11.4-6a //frag. 10-1f). Son unos 600 rollos escritos sobre cuero y papiro, encontrados a partir de 1947 en 11 cuevas de Jordania, en la región de Qirbet Qumran. Allí se encontraron dos de las copias más antiguas conocidas del Libro de Isaías, donde se menciona a Lilith (años 200 a.C. a 68 d.C.)
(5) Id.(1) Isaías, 34,14.
Nada más molesto para el ser humano, animal de costumbres arraigadas si los hay, que alguien le cambie el esquema de vida, su escala de valores, sus hábitos y costumbres. Con más razón Dios, molde del que salió el hombre a su imagen y semejanza.
¿Qué podía ocurrir cuando, luego de creado el mundo, su propia criatura se le revelara hostil, cuestionadora? ¿Qué, si en medio del equilibrio divino, la mujer planteara un mejor orden, un status que considerase más justo de aplicación que el celestial?
por Rubén Sacchi
UNA CUESTION DE SIGLOS
Cuando Emile Cioran sentenció "el mero hecho de existir es tan terrible que, comparado con él, Dios es pura bagatela" planteaba una cuestión concreta: la vida podría provenir de la divinidad, pero tal entelequia sólo sería pasible, no ya de superarse sino al menos de paliarse, dando la espalda a la existencia o no del creador en cuestión, ya que la propia supone por sí misma un universo difícil de digerir. Pero la disquisición del filósofo rumano no era novedosa. Miles de años antes de Cristo, Lilith, la primera mujer, pateaba el tablero del génesis y decidía que vivir era más importante que amar al dios que la había creado. Transgrediendo así el primer y fundamental mandamiento, mucho antes que Moisés, en el monte Sinaí, recibiera las tablas de la ley.
Desde que el mundo es mundo, no hay crecimiento individual si no se rompe con el esquema paterno. Si no se tuerce el mandato ancestral. La disyuntiva es: prolongar la vida de nuestros padres o vivir la propia, inventarla y recrearla a cada instante. Y esa fue su decisión. Pero Lilith no se quedó allí. La ruptura del modelo incluía la figura del macho dominante. Figura continente que limitaba el ejercicio pleno de su vida, su goce, su placer.
En pos de su independencia, renunció a la protección masculina, al hogar y, sobre todo, a la familia tradicional, eje en el que gira la estructura burguesa de la sociedad y se origina un sistema de explotación basado en el poder y la discriminación.
Más allá de las distintas leyendas que dieron origen al mito, Lilith simboliza hoy la igualdad de la mujer en una sociedad que aparenta darle libertad y participación, pero sólo enmascara su intención de metamorfosearla en objeto de consumo suntuario. Lilith: la condenada. La rebelde e insatisfecha se ha multiplicado en cientos de mujeres que dieron su felicidad y hasta la vida, por un mundo justo, más digno de ser vivido.
PALABRA DE DIOS
"Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra"(1). Estas palabras, tomadas textuales de La Biblia, nos dan una imagen clara de la creación: hombre y mujer en un mismo acto, igual mandato y una sola bendición. Este matrimonio primordial, ejemplo de la perfección celestial, debía ser, por ende, el paradigma de la felicidad. Pero no fue así. Adán y Lilith nunca encontraron la paz ya que ella, considerándose su igual, no quería adoptar la postura recostada debajo de él durante el acto sexual. Exclamaba: "¿Por qué he de recostarme debajo de ti? Yo también fui hecha de polvo y, por consiguiente, soy tu igual".
Lilith acudió a Dios con sus reclamos de igualdad y éste, por toda respuesta a sus planteos, le impuso la orden de sumisión. Ella postulaba su igualdad por provenir del mismo barro y respirar el mismo aliento, por lo que no acató la directiva divina. No era débil ni inferior, no dependía de los favores de Adán y, antes de someterse y renunciar a sus principios, decidió abandonar el Paraíso.
EL BIG BANG DEL EDEN
La tradición judía, al igual que muchas culturas de la antigüedad, da un valor esencial a la palabra. Considera que todo nombre verdadero abarca las características de lo que alude, por añadidura es posible conocer su esencia, lo que permite adquirir sobre lo nombrado un poder especial. De allí que a Dios se lo considere El Innombrable y sólo se lo pueda sustantivar en forma genérica, ya que mencionarlo equivaldría a un acto de soberbia superlativa. Su verdadero nombre, que nadie conocía, fue revelado a Lilith por el Supremo, víctima de su seducción. Dios le dio alas, a semejanza de los súcubos y así pudo abandonar el Paraíso. Lilith se estableció, desde entonces, en una cueva a orillas del Mar Rojo.
En su nueva residencia tiene como amantes a los Demonios del mundo y desova cientos de miles de nuevos Demonios. Allí llegan en su búsqueda Senoy, Sansenoy y Semangelof, tres ángeles que el Creador envió con la misión de llevarla de vuelta al Edén, so pena de ultimar cien de sus hijos-demonio por cada día que mantuviera su negativa. Lilith decide que esa suerte, aún, es mejor que la vuelta. Los ángeles cumplen su amenaza y ella, furiosa, ruge un juramento que hasta el propio Yahvé escucharía: en venganza por su dolor, mataría a los hijos de Adán, atacaría a los niños y a sus madres durante el nacimiento. Vaticinó también que los recién nacidos niñas estarían en peligro por veinte días y por ocho los varones. Y fue más allá, para compensar la pérdida de sus vástagos, dijo que atacaría en sueños a los hombres para robarles su semen, con el que daría nacimiento a más niños-demonio, que ocuparían el lugar de los asesinados.
Dios no podía contener la tristeza de Adán, por lo que se dijo: "No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él."… "Hizo pues, Yahvé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido, tomó una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó Yahvé Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: 'Esto si que ya es hueso de mis huesos y carne de mi carne'"(2).
LA LILITH MESOPOTAMICA
El origen de Lilith tiene múltiples teorías. La palabra lil, en sumerio, significa aire; el término más antiguo que se encontró es la palabra lili, cuyo plural es lilitu, que en la referida lengua puede definirse como equivalente a espíritu. En muchas culturas la misma palabra que, utilizada para nombrar aire o aliento, se empleaba para espíritu. De ahí su emparentamiento a la figura demoníaca del súcubo, ya en esa antigua civilización.
Juan José Abenza nos cuenta que, según la creencia babilonia, los dioses primeros emergieron del Mar Gigante localizado en los cielos, extensión interminable que representaba el Gran Caos del Abismo. Eran llamados los Ab-Zu y constituían poderes estelares conectados con la Gran Profundidad directamente. Quienes seguían su voluntad, los An-Zu, eran poderes lunares y estaban en conexión con el aire del cielo nocturno.
Los más importantes entre estos eran los Abgal, siete semidioses que emergieron de las aguas del Abismo y que fueron creados de ambos sexos a la vez. Lilith era el lado femenino de uno de los espíritus del viento nocturno perteneciente a un grupo de espíritus guías benevolentes llamados Lili (Lilitu) o Lama (Lamatsu). Eran los encargados de guardar las puertas que separaban el plano físico del espiritual y sólo a través de las cuales podía atravesarse de uno a otro. Se hallaban a la entrada de los templos. Lilith, como guía hacia la sabiduría de la inmortalidad, era representada llevando los anillos de Shem, los símbolos más antiguos para mostrar que alguien ha pasado a la inmortalidad cruzando el Submundo y así alcanzar la sagrada sabiduría del Arbol del Conocimiento.
Como guardiana y dispensadora de los misterios del templo, Lilith era la original Mujer Escarlata, y su sacerdotisa realizaba magias sexuales con el resto de sacerdotes y nobles para obtener transformaciones espirituales que le llevasen a la iluminación, además de la regeneración del cuerpo físico para prolongar su vida. Estos misterios incluían un tipo de alquimia física realizado con la sangre que la sacerdotisa eliminaba a través de la menstruación. Aunque originariamente el término Mujer Escarlata se refería a la sangre menstrual, pronto se mezcló con otro símbolo de poder divino: el pelo rojo, ya que muchas culturas de la antigüedad creían que, quien lo poseía, tenía algún antepasado ya ángel, ya demonio, lo que era indicador de un mayor poder, tanto físico como espiritual.
Una representación de un Lamatsu la muestra con cabeza de leona, llevando una serpiente en cada mano en el bote de los dioses que cruza el Submundo.
De esta época datan sus primeras apariciones en escena y es allí donde se enraíza la concepción hebrea, tal vez durante el cautiverio de este pueblo en Babilonia (año 600 a.C.). Se la conocía también como Ardat Lili, nombre proveniente de la palabra ardatu que definía a una doncella joven. Por definición y unidad de conceptos era un demonio en forma de joven mujer, de hábitos nocturnos, que atacaba durante el sueño a los hombres. Se le atribuían los sueños eróticos, además de las eyaculaciones nocturnas involuntarias.
En Asiria, Lamatsu, se sindicaba hija de Anu, dios del cielo, quien se introducía durante la noche en las casas para robar o matar bebés en sus cunas o, incluso, antes de nacer. La muerte súbita infantil y el aborto natural, a falta de explicaciones científicas, se asociaban a su accionar. Lamatsu también podía atacar a adultos trayéndoles enfermedad, esterilidad, pesadillas o chupando la sangre de los más jóvenes. Para protegerse de su intervención, las mujeres embarazadas usaban amuletos de Pazuzu, un dios maligno que, según la leyenda, había vencido a Lamatsu.
El "Cantar de Gilgamesh”, considerado uno de los libros más antiguos (año 2700 a.C.) relata la historia de un demonio femenino, tomado como la misma Lilith, que reside en el Arbol de la Vida de la diosa Inanna, por lo que su crecimiento y producción se ve afectada. El héroe la obliga a salir y huir al desierto. Puede leerse en su prólogo:
"Despues de diez años, el árbol había madurado. Pero mientras tanto, ella seguía consternada pensando que sus esperanzas no podrían cumplirse porque durante aquel tiempo un dragón había construido su nido al pie del árbol, el pájaro-zu estaba cuidando a su cría en lo alto y el demonio Lilith había construido su casa en el medio. Pero Gilgamesh, que había oido las plegarias de Inanna vino a su rescate. Cogió su pesado escudo mató al dragón con su hacha de bronce pesado que pesaba siete talentos y siete minas. Entonces el pájaro-zu voló hacia las montañas con su cría, mientras Lilith, petrificada por el miedo derribó su casa y voló hacia el desierto".
La asimilación de las costumbres de cómo desarrollaban las prácticas sexuales las sacerdotisas seguidoras de la diosa griega Hécate, habrían compuesto también parte de esta leyenda. (3)
LA LILITH HEBREA
Aunque sus primeras apariciones fueron en la Mesopotamia, la leyenda toma más fuerza en la tradición judía. El nombre Lilith, proviene aquí de la palabra layil, que significa noche. Su historia de creación, disconformidad y huida del paraíso está relatada en el "Alfabeto de Ben Sirah", escrito entre los años 600 y 1100 de nuestra era y es sostenida por la “Kábala”.
No es de extrañar que un pueblo, del que bien sabemos de la rigidez de costumbres, tradiciones y cumplimiento de sus preceptos religiosos en los practicantes ortodoxos de la fe, utilice la figura de Lilith para adjudicarle una serie de culpas que, de otra manera, recaerían en quienes consideran faltas mortales los meros pensamientos o sueños lujuriosos.
También se la menciona en los "Manuscritos del Mar Muerto", con una cita en plural: "Y yo, el Sabio, declaro la grandeza de su resplandor en orden a asustar y espantar a todos los espíritus de los ángeles de la destrucción y los espíritus bastardos, demonios, Lilitas, búhos y chacales y aquellos que atacan inesperadamente para llevar por mal camino al espíritu del conocimiento…" (4)
Una religión monoteísta, de un sólo dios masculino, que rompe la tradición de la Diosa Madre arraigada en las culturas primitivas, no puede aceptar que el fruto de la creación sea hombre y mujer. Hay quienes aseguran que las Sagradas Escrituras han suprimido la figura de Lilith; que, a través de los siglos y bajo el mandato de bulas y concilios, la historia fue modificada. No hay pruebas al respecto, pero de todos modos quiero reproducir aquí la premonición del profeta Isaías en un versículo del “Viejo Testamento”: “Perros y gatos salvajes se reunirán allí, y se juntarán allí los sátiros. También allí Lilit descansará y hallará su lugar de reposo”. (5)
NUESTRA LILITH
Cuando en 1978 leí "El horror de Red Hook", del maestro Howard Phillip Lovecraft, descubrí por primera vez el nombre de Lilith. Estaba por editar una revista y decidí que se llamara así. A partir de ese pequeño hito, se han sucedido infinidad de referencias, desde el “Talmud” a la “Torah”. Es el asteroide 1811 de los astrónomos y el punto vacío que representa La Luna Negra de los astrólogos. Es quien sedujo a Adán para engendrar a Caín, la mujer con cuerpo de serpiente, que tienta a Eva con la manzana y habita los frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina, y la esposa de Asmodeus, rey de los demonios. Es la Reina de Sheba, de la cual sospechaba Salomón y la compañera de Samael, Satanás, Lucifer o El Angel Caído. Es la Lamia de los griegos y la Brunilda de los Nibelungos.
Pero para nosotros fue algo menos mitológico aunque con igual contundencia simbólica. Significó la libertad. La libertad de elegir. La resistencia a quienes, erigidos en dioses, nos indicaban un modelo de vida donde "el silencio es salud" y "los argentinos somos derechos y humanos". Fue una barricada de independencia y sentido crítico. En síntesis, Lilith fue y sigue siendo una cuestión ética.
NOTAS
(1) La Sagrada Biblia. -10ma. edición- Versión directa de las lenguas originales por Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O.P. Génesis, 1, 27-28.
(2) Id. Génesis, 2, 18, 21-23.
(3) "Las hechiceras griegas que adoraban a Hécate eran partidarias de colocarse encima… y así se ve en las primitivas representaciones sumerias del acto sexual". Robert Graves.
(4) Manuscritos del Mar Muerto, 4Q510 frag. 11.4-6a //frag. 10-1f). Son unos 600 rollos escritos sobre cuero y papiro, encontrados a partir de 1947 en 11 cuevas de Jordania, en la región de Qirbet Qumran. Allí se encontraron dos de las copias más antiguas conocidas del Libro de Isaías, donde se menciona a Lilith (años 200 a.C. a 68 d.C.)
(5) Id.(1) Isaías, 34,14.
China
por Eduardo Silveyra
Extenso mar vibra en la arena,
el sol calcina osarios y ruedan secos los pastos del verano.
Todo parece a un paso certero de la muerte
y tengo un año más y menos tiempo.
Una gaviota agita sus alas,
otra las despliega… planea en el aire
y corta al cielo inmenso de angustia y azul.
Cielo cortado con las alas de un pájaro
cae
sobre
mis ojos
cegados…
y en el sueño, un hombre, con los cuernos de hielo,
la mirada de hielo
y el corazón de hielo,
repite: Mañana y mañana y mañana…
Y así el mañana, se torna un recuerdo
del que yazgo tirado en un pedazo de pampa.
Cuando así sucede, se me abren los ojos y digo:
He tenido un mal sueño
y me exilio en amores surgidos antes que el tiempo existiese
II
Me niego la visión ante sonidos precisos…
El sol quema mi cara
y ruedan, ruedan, ruedan por la arena,
los ovillos de pasto,
las madejas hurañas,
en ese territorio de vaho, eterno y plano.
Entonces, recuerdo a un amigo, que tenía un amigo en quien confiar.
III
En la planicie de estos silencios,
Una esfinge se pregunta y se responde a si misma…
la vida es muy corta para dedicarla a un solo juego.
El juego de pensar lo inacabado.
Los pensamientos crecen como flores absurdas
y se derraman como un vaso de agua,
semejante al agua de las lágrimas de unos negros.
Y en el mar, la luz
crece – decrece – crece.
Así hasta el infinito
en el que enmudece toda letanía.
IV
¡Aijuna! Otra vez en este cielo repetido, multiplicado,
tenso como bordona de milonga.
Tentado de universo sordo se evade el tiempo…
las coplas me van brotando…
y bajo la ramazón alguien templaba la garganta… el encordado…
Como agua de manantial…
Y tal vez era mejor un tango, pero,
la inmensidad era un gusanillo
e Ícaro no deseaba un cielo, sino otro laberinto.
Y ahora es el mañana.
La inmensidad repetida en un espejo.
Un espiral.
Un gusanillo que presagia el fin…
Y quizás este poema sea China.
Tal vez, yo sea China… ese territorio…
Las divinidades no me son ajenas.
No ajeno el dragón.
El silencio.
La multitud o los pájaros asimétricos en el cielo tierra siena.
A veces, muda el espanto.
A veces, muda el color.
Entonces, qué invocar…
Los días alegres.
Los días tristes.
Los días perdidos
o mejor nada, después de tanta resurrección,
pues, solo tengo un año más y menos tiempo.
Y ruedan – ruedan los pastos en la arena,
naufragan en el mar,
donde los hombres emergen con cabezas de tortugas
y repiten:
mañana y mañana y mañana…
Del libro "Poemas del Pez Amarillo". Editorial Libros de Tierra Firme. Bs. As. 2004.
Extenso mar vibra en la arena,
el sol calcina osarios y ruedan secos los pastos del verano.
Todo parece a un paso certero de la muerte
y tengo un año más y menos tiempo.
Una gaviota agita sus alas,
otra las despliega… planea en el aire
y corta al cielo inmenso de angustia y azul.
Cielo cortado con las alas de un pájaro
cae
sobre
mis ojos
cegados…
y en el sueño, un hombre, con los cuernos de hielo,
la mirada de hielo
y el corazón de hielo,
repite: Mañana y mañana y mañana…
Y así el mañana, se torna un recuerdo
del que yazgo tirado en un pedazo de pampa.
Cuando así sucede, se me abren los ojos y digo:
He tenido un mal sueño
y me exilio en amores surgidos antes que el tiempo existiese
II
Me niego la visión ante sonidos precisos…
El sol quema mi cara
y ruedan, ruedan, ruedan por la arena,
los ovillos de pasto,
las madejas hurañas,
en ese territorio de vaho, eterno y plano.
Entonces, recuerdo a un amigo, que tenía un amigo en quien confiar.
III
En la planicie de estos silencios,
Una esfinge se pregunta y se responde a si misma…
la vida es muy corta para dedicarla a un solo juego.
El juego de pensar lo inacabado.
Los pensamientos crecen como flores absurdas
y se derraman como un vaso de agua,
semejante al agua de las lágrimas de unos negros.
Y en el mar, la luz
crece – decrece – crece.
Así hasta el infinito
en el que enmudece toda letanía.
IV
¡Aijuna! Otra vez en este cielo repetido, multiplicado,
tenso como bordona de milonga.
Tentado de universo sordo se evade el tiempo…
las coplas me van brotando…
y bajo la ramazón alguien templaba la garganta… el encordado…
Como agua de manantial…
Y tal vez era mejor un tango, pero,
la inmensidad era un gusanillo
e Ícaro no deseaba un cielo, sino otro laberinto.
Y ahora es el mañana.
La inmensidad repetida en un espejo.
Un espiral.
Un gusanillo que presagia el fin…
Y quizás este poema sea China.
Tal vez, yo sea China… ese territorio…
Las divinidades no me son ajenas.
No ajeno el dragón.
El silencio.
La multitud o los pájaros asimétricos en el cielo tierra siena.
A veces, muda el espanto.
A veces, muda el color.
Entonces, qué invocar…
Los días alegres.
Los días tristes.
Los días perdidos
o mejor nada, después de tanta resurrección,
pues, solo tengo un año más y menos tiempo.
Y ruedan – ruedan los pastos en la arena,
naufragan en el mar,
donde los hombres emergen con cabezas de tortugas
y repiten:
mañana y mañana y mañana…
Del libro "Poemas del Pez Amarillo". Editorial Libros de Tierra Firme. Bs. As. 2004.
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Poesía
lunes, 26 de abril de 2010
De lo invisible del tiempo
por Julio Oscar Peralta
....huesos abandonan la carne ausente,
la imagen desaparece con todas sus formas
y el recuerdo prevalece como quebrado suspiro
en el silencio de un mundo Dado-vuelta....
Necochea, prov. de Buenos Aires. Contacto: juliooscarperalta@hotmail.com
....huesos abandonan la carne ausente,
la imagen desaparece con todas sus formas
y el recuerdo prevalece como quebrado suspiro
en el silencio de un mundo Dado-vuelta....
Necochea, prov. de Buenos Aires. Contacto: juliooscarperalta@hotmail.com
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Poesía
jueves, 22 de abril de 2010
En una de tantas oscuridades
por Julio Oscar Peralta
...las galletitas del no-salvado
acucian al sonámbulo
que ejerce poder sobre su insomnio
acribillado a mansalva
por trozos barbituriqueados
de pequeñas dosis clonazepánicas
para que el sueño llegue
con su golpe certero...
mientras tanto
algunos mates salvan el instante...
Necochea, prov. de Buenos Aires (el mar)
...las galletitas del no-salvado
acucian al sonámbulo
que ejerce poder sobre su insomnio
acribillado a mansalva
por trozos barbituriqueados
de pequeñas dosis clonazepánicas
para que el sueño llegue
con su golpe certero...
mientras tanto
algunos mates salvan el instante...
Necochea, prov. de Buenos Aires (el mar)
martes, 20 de abril de 2010
La habitación 325
por Ivana Bodrozic Simic
Los traductores tienen el derecho
de no traducir el término.
El mundo sucede alrededor de mí.
Yo vivo en un hotel
y cada día, cuando voy a la escuela
dejo la llave en recepción
en la pequeña casilla nº 325
un poco menos pequeña que la habitación
en la que vivimos
mi madre, mi hermano y yo,
y el televisor que un día
tal vez nos diga
dónde está mi padre.
Hasta entonces tres de todo:
camas, tazas, cucharas,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
y como cobardes compramos
tres de todo
como si ya no
contáramos con él.
Y hay un cojín para sentarse
hecho de la piel
de su chaqueta que
mi tía salvó de Vukovar,
es más o menos todo,
a mi madre nadie,
nadie
la salvará,
ella pasará años en el pequeño baño
de la habitación 325
escribiendo cartas a mi padre
que está DESAPARECIDO.
Éste es el término oficial.
Los traductores tienen el derecho
de no traducir el término.
El mundo sucede alrededor de mí.
Yo vivo en un hotel
y cada día, cuando voy a la escuela
dejo la llave en recepción
en la pequeña casilla nº 325
un poco menos pequeña que la habitación
en la que vivimos
mi madre, mi hermano y yo,
y el televisor que un día
tal vez nos diga
dónde está mi padre.
Hasta entonces tres de todo:
camas, tazas, cucharas,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
y como cobardes compramos
tres de todo
como si ya no
contáramos con él.
Y hay un cojín para sentarse
hecho de la piel
de su chaqueta que
mi tía salvó de Vukovar,
es más o menos todo,
a mi madre nadie,
nadie
la salvará,
ella pasará años en el pequeño baño
de la habitación 325
escribiendo cartas a mi padre
que está DESAPARECIDO.
Éste es el término oficial.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Si el papel higiénico y la servilleta son hermanos
por Hugo Alberto Ojeda (*)
si el papel higiénico y la servilleta son hermanos
lo mismo que el papel de envolver y el papel de diario
si todos los papeles son hijos naturales de la muerte de un árbol
cuál será el porcentaje de la pureza de este mal poema
escrito en papel-carta-vía-aérea
si el poema debe agradecer los servicios prestados
al obrajero que cortó el árbol lo mismo que el obrero de Celulosa
al vodka nacional lo mismo que a la máquina de escribir
a la música de Los Jaivas lo mismo que a los senos pequeños de mi esposa
¿existe el poeta?
¿es su trabajo un esfuerzo que sirva para algo en los límites
de la realidad?
o todo este simulacro es apenas
un papel escrito
para que mi esposa se limpie los labios que ella
nunca se pinta.
(*) Poeta de Granadero Baigorria, Santa Fe.
Publicado en el Nº 6 de El Pibe Sietecolores, septiembre de 1979. Publicación dirigida por Jorge E. Reboredo.
si el papel higiénico y la servilleta son hermanos
lo mismo que el papel de envolver y el papel de diario
si todos los papeles son hijos naturales de la muerte de un árbol
cuál será el porcentaje de la pureza de este mal poema
escrito en papel-carta-vía-aérea
si el poema debe agradecer los servicios prestados
al obrajero que cortó el árbol lo mismo que el obrero de Celulosa
al vodka nacional lo mismo que a la máquina de escribir
a la música de Los Jaivas lo mismo que a los senos pequeños de mi esposa
¿existe el poeta?
¿es su trabajo un esfuerzo que sirva para algo en los límites
de la realidad?
o todo este simulacro es apenas
un papel escrito
para que mi esposa se limpie los labios que ella
nunca se pinta.
(*) Poeta de Granadero Baigorria, Santa Fe.
Publicado en el Nº 6 de El Pibe Sietecolores, septiembre de 1979. Publicación dirigida por Jorge E. Reboredo.
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Retrato proletario
por Williams Carlos Williams (*)
Una joven alta sin sombrero
con delantal
Su pelo cogido atrás parada
en la calle
Un pie en calcetín la punta
en la acera
Su zapato en la mano. Mirando
atentamente adentro
Le saca la plantilla de papel
para dar con el clavo
Que la ha estado lastimando
(*) Poeta norteamericano. Traducción de Ernesto Cardenal (Nicaragua).
Publicado en El Pibe Sietecolores Nº 6, septiembre de 1979. Publicación dirigida por Jorge E. Reboredo.
Una joven alta sin sombrero
con delantal
Su pelo cogido atrás parada
en la calle
Un pie en calcetín la punta
en la acera
Su zapato en la mano. Mirando
atentamente adentro
Le saca la plantilla de papel
para dar con el clavo
Que la ha estado lastimando
(*) Poeta norteamericano. Traducción de Ernesto Cardenal (Nicaragua).
Publicado en El Pibe Sietecolores Nº 6, septiembre de 1979. Publicación dirigida por Jorge E. Reboredo.
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Williams Carlos Williams
Para Fernanda
por Jorge Omar Altamirano
Niña
no viertas la miel de tus sentidos
en los zanjones verdosos
del mundo que te muestran.
Niña
no apagues tu sed de colores
con el agua nefasta
del delirio que ronda las ciudades.
Niña
no quiebres tu cansancio
en las almohadas
del empedrado y las visiones etéreas.
Niña
espera que las manos que tu tomes
estén limpias de guerra y mutaciones.
Espera que los príncipes asomen
a tu puerta entornada,
pero no recibas a todos en tu cuarto.
Diles que el verso que está en tu cabeza
antes deberá ser descifrado.
Publicado en El Pibe Sietecolores Nº 5, junio de 1979. Publicación dirigida por Jorge E. Reboredo.
Niña
no viertas la miel de tus sentidos
en los zanjones verdosos
del mundo que te muestran.
Niña
no apagues tu sed de colores
con el agua nefasta
del delirio que ronda las ciudades.
Niña
no quiebres tu cansancio
en las almohadas
del empedrado y las visiones etéreas.
Niña
espera que las manos que tu tomes
estén limpias de guerra y mutaciones.
Espera que los príncipes asomen
a tu puerta entornada,
pero no recibas a todos en tu cuarto.
Diles que el verso que está en tu cabeza
antes deberá ser descifrado.
Publicado en El Pibe Sietecolores Nº 5, junio de 1979. Publicación dirigida por Jorge E. Reboredo.
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viernes, 26 de febrero de 2010
Potosí,
Un cuento del Tío
por Rubén Sacchi
El grito ancestral
Fue Viracocha quien habló al inca Huayna Cápac, diciéndole: "Ve y conquista las tierras al sur del lago Titicaca en nombre de tu dios y el pueblo quechua". El cacique, ya enfermo, se dirigió hacia las termas de Tarapaya llegando en 1462 al sitio que hoy ocupa la ciudad de Potosí. Allí, su mirada se extasió al observar de frente al maravilloso cerro Sumaj Orcko (Cerro Hermoso), nombre con que los aborígenes llamaban al Cerro Rico que, antes de la superexplotación del hombre blanco se elevaba, señorial, 5.183 m sobre el nivel del mar. Era un cono casi perfecto de una legua de perímetro.
Huayna ordenó a sus huestes explorar la montaña; al intentar excavarla oyeron un terrible estruendo y de sus entrañas una voz les advirtió: "No es para ustedes, Dios reserva estas riquezas para quienes vienen de más allá". ¡Potojsi!, vocablo aymará que significa "que truena o revienta" dio origen al nombre del poblado, marcando su destino de apropiación a manos del rapaz conquistador. El grito de la tierra iniciaba un sufrir que persiste hasta nuestros días.
Del mar los vieron llegar...
Casi cien años más tarde, en 1545 el indígena Diego Huallpa buscaba una de sus llamas perdidas en las laderas del cerro, cuando lo sorprendió la noche. El viento helado lo castigó duramente y debió encender una pequeña hoguera con paja y ramas para sobrevivir. Al amanecer, vio los hilos de plata que el calor del fuego había derretido. Quiso guardar el secreto, pero su mejor vida y generosidad con sus amigos evidenció la situación y fue delatado. Su fortuna duró de enero a marzo ya que, el 1º de abril, los conquistadores Juan de Villarroel, Diego de Centeno y otros tomaron posesión del cerro “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y en nombre de Su Majestad el Emperador de Alemania, España y de los Reinos del Perú”. El 21 de abril de 1545 el registro público anotó al capitán Villarroel y a su yanacona Huanca como descubridores del yacimiento. La primera medida fue obligar a los indios de Cantumarca a fabricar adobes para construir la villa, el inca Chaqui Katari (Pie de Víbora) los enfrentó: cinco españoles y cincuenta indios muertos fue el principio de una práctica habitual.
Carlos V le dio el título de Villa Imperial y un escudo que rezaba: “Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y envidia soy de los reyes”. La riqueza funcionó como un imán, enseguida la ciudad fue la más poblada de América y más aún que las grandes urbes europeas, alcanzando la cifra de 160 mil habitantes. A menos de cuatro décadas había en Potosí ochocientos tahúres y 120 prostitutas, claro que al poco tiempo también contaba con 36 casas de juego y otras tantas iglesias. Pronto hubo 6 mil hornos fundiendo el precioso metal que consumieron todo el combustible que la naturaleza proveía. Ya en 1566 se acabó la tacana, plata a flor de tierra, y comenzaron a implementarse nuevos métodos de extracción. Las condiciones inhumanas a las que eran sometidos los indios mineros acababa con sus vidas tempranamente. Un gigantesco corral de paredes de piedra, que aún hoy existe a la entrada de la ciudad, era el lugar donde se repartían los mitayos, que los caciques tenían la obligación de entregar en reemplazo de quienes morían y que debían contar entre 18 y 50 años.
Escribía Josiah Conder: “En tres centurias, el cerro rico del Potosí quemó ocho millones de vidas. Los indios eran arrancados de las comunidades agrícolas y arriados, junto con sus mujeres y sus hijos, rumbo al cerro. De cada diez que marchaban hacia los altos páramos helados, siete no regresaban jamás” y Luis Capoche, dueño de minas y de ingenios, escribió que “estaban los caminos cubiertos que parecía que se mudaba el reino”. Los miembros de las comunidades habían visto “volver muchas mujeres afligidas sin sus maridos y muchos hijos huérfanos sin sus padres” y tenían la certeza que en la mina esperaban “mil muertes y desastres”. Eran más los que morían por enfermedades que por accidentes, el envenenamiento por mercurio era tan letal como los gases tóxicos del interior de la mina. Ganaba la columna vertebral, debilitaba sus miembros provocándoles temblores y les hacía perder el pelo y los dientes, para matarlos en cuatro años. La neumoconiosis fue la primera enfermedad laboral en el Nuevo Mundo. Mataba tantos indios que Fray Domingo de Santo Tomás, en 1550, llegó a decir que Potosí era la “boca del infierno”, denunciando la barbarie conquistadora y Fray Bartolomé de las Casas afirmaba que los indios preferían ir al infierno al morir, ya que en el cielo estaban los cristianos.
No todas las voces del clero eran benignas, éstas eran más bien una excepción, el padre Gregorio García afirmaba que los indios eran judíos porque “son perezosos, no creen en los milagros de Jesucristo y no están agradecidos a los españoles por todo el bien que les han hecho”. No obstante, el pontífice Paulo III emitió una bula en 1537 declarando a los indios “verdaderos hombres con alma”. Felipe III, monarca de gran sensibilidad dictó un decreto en 1601 proclamando la igualdad de indios y conquistadores y prohibiendo su utilización como animales de carga, a excepción de “que aquella medida hiciese flaquear la producción”.
La única manera de soportar las jornadas interminables en el socavón era con ayuda de la coca, hoja ritual en el reinado de los incas, pero de abusiva implementación por parte de los dueños de las minas. Según registros de la época, mil toneladas de hoja de coca eran consumidas cada año entre los indios mineros.
A fuerza de masticar la hoja y emborracharse, no sentían el hambre ni el dolor pero tomaban, invariablemente, el camino hacia una muerte precoz.
Dios y señor de la montaña
Los caballeros comenzaron a sospechar que los aborígenes, sin control dentro de la mina, pudieran holgazanear, por ello inventaron la figura de El Tío, una imagen aterradora, de aspecto demoníaco, cabeza cornada y fauces dotadas de filosos colmillos. Se cuenta que los españoles crearon la estatua llamándola Dios, pero el alfabeto quechua no incluye el sonido de la letra “d”, por lo que onomatopéyicamente pasaron a llamarlo Tío.
El Tío es un antepasado de nuestro Familiar (nefasto señor de los ingenios del norte argentino) que cuida que los trabajadores cumplan los deberes para con sus amos, castigando a los rebeldes con la muerte. Este patrón de las profundidades rocosas cobró gran fuerza en la iconografía del lugar llegando, con algunas variantes, hasta nuestros días, habiéndose transformado en dueño de la montaña y benefactor de quienes lo reconocen.
Al comienzo de cada jornada, los mineros hacen su ofrenda al Tío. El gusta del alcohol, las hojas de coca y el tabaco. El minero ofrenda un chorro de alcohol sobre su pene, otro a la Pachamama y el tercero lo bebe él, pidiéndole favorezca su trabajo y lo conduzca a hallar una veta que lo haga salir de la miseria.
Otros van más allá y prodigan el sacrificio de alguna llama, con cuya sangre tiñe las paredes del túnel. Los más desesperados llegan a entregar algún feto humano. Esa es la historia que algunos cuentan de uno de los mineros más poderosos de Potosí: Emilio Alave.
La versión dice que era un minero paupérrimo de familia muy numerosa. Vivía en la ruina absoluta y no tenía ya cómo alimentar a su nutrida descendencia. Su mujer encinta perdió el embarazo y él ofrendó ese hijo sin nacer al Tío, enterrándolo en el socavón y diciendo: “Te ofrezco mi hijo a cambio de que me ayudes”. Ese día sus ruegos fueron escuchados y una veta de plata enorme apareció ante los golpes de su piqueta. El Tío devolvía en metal la sangre recibida.
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 8 . Sólo en librerías o por pedido.
por Rubén Sacchi
El grito ancestral
Fue Viracocha quien habló al inca Huayna Cápac, diciéndole: "Ve y conquista las tierras al sur del lago Titicaca en nombre de tu dios y el pueblo quechua". El cacique, ya enfermo, se dirigió hacia las termas de Tarapaya llegando en 1462 al sitio que hoy ocupa la ciudad de Potosí. Allí, su mirada se extasió al observar de frente al maravilloso cerro Sumaj Orcko (Cerro Hermoso), nombre con que los aborígenes llamaban al Cerro Rico que, antes de la superexplotación del hombre blanco se elevaba, señorial, 5.183 m sobre el nivel del mar. Era un cono casi perfecto de una legua de perímetro.
Huayna ordenó a sus huestes explorar la montaña; al intentar excavarla oyeron un terrible estruendo y de sus entrañas una voz les advirtió: "No es para ustedes, Dios reserva estas riquezas para quienes vienen de más allá". ¡Potojsi!, vocablo aymará que significa "que truena o revienta" dio origen al nombre del poblado, marcando su destino de apropiación a manos del rapaz conquistador. El grito de la tierra iniciaba un sufrir que persiste hasta nuestros días.
Del mar los vieron llegar...
Casi cien años más tarde, en 1545 el indígena Diego Huallpa buscaba una de sus llamas perdidas en las laderas del cerro, cuando lo sorprendió la noche. El viento helado lo castigó duramente y debió encender una pequeña hoguera con paja y ramas para sobrevivir. Al amanecer, vio los hilos de plata que el calor del fuego había derretido. Quiso guardar el secreto, pero su mejor vida y generosidad con sus amigos evidenció la situación y fue delatado. Su fortuna duró de enero a marzo ya que, el 1º de abril, los conquistadores Juan de Villarroel, Diego de Centeno y otros tomaron posesión del cerro “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y en nombre de Su Majestad el Emperador de Alemania, España y de los Reinos del Perú”. El 21 de abril de 1545 el registro público anotó al capitán Villarroel y a su yanacona Huanca como descubridores del yacimiento. La primera medida fue obligar a los indios de Cantumarca a fabricar adobes para construir la villa, el inca Chaqui Katari (Pie de Víbora) los enfrentó: cinco españoles y cincuenta indios muertos fue el principio de una práctica habitual.
Carlos V le dio el título de Villa Imperial y un escudo que rezaba: “Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y envidia soy de los reyes”. La riqueza funcionó como un imán, enseguida la ciudad fue la más poblada de América y más aún que las grandes urbes europeas, alcanzando la cifra de 160 mil habitantes. A menos de cuatro décadas había en Potosí ochocientos tahúres y 120 prostitutas, claro que al poco tiempo también contaba con 36 casas de juego y otras tantas iglesias. Pronto hubo 6 mil hornos fundiendo el precioso metal que consumieron todo el combustible que la naturaleza proveía. Ya en 1566 se acabó la tacana, plata a flor de tierra, y comenzaron a implementarse nuevos métodos de extracción. Las condiciones inhumanas a las que eran sometidos los indios mineros acababa con sus vidas tempranamente. Un gigantesco corral de paredes de piedra, que aún hoy existe a la entrada de la ciudad, era el lugar donde se repartían los mitayos, que los caciques tenían la obligación de entregar en reemplazo de quienes morían y que debían contar entre 18 y 50 años.
Escribía Josiah Conder: “En tres centurias, el cerro rico del Potosí quemó ocho millones de vidas. Los indios eran arrancados de las comunidades agrícolas y arriados, junto con sus mujeres y sus hijos, rumbo al cerro. De cada diez que marchaban hacia los altos páramos helados, siete no regresaban jamás” y Luis Capoche, dueño de minas y de ingenios, escribió que “estaban los caminos cubiertos que parecía que se mudaba el reino”. Los miembros de las comunidades habían visto “volver muchas mujeres afligidas sin sus maridos y muchos hijos huérfanos sin sus padres” y tenían la certeza que en la mina esperaban “mil muertes y desastres”. Eran más los que morían por enfermedades que por accidentes, el envenenamiento por mercurio era tan letal como los gases tóxicos del interior de la mina. Ganaba la columna vertebral, debilitaba sus miembros provocándoles temblores y les hacía perder el pelo y los dientes, para matarlos en cuatro años. La neumoconiosis fue la primera enfermedad laboral en el Nuevo Mundo. Mataba tantos indios que Fray Domingo de Santo Tomás, en 1550, llegó a decir que Potosí era la “boca del infierno”, denunciando la barbarie conquistadora y Fray Bartolomé de las Casas afirmaba que los indios preferían ir al infierno al morir, ya que en el cielo estaban los cristianos.
No todas las voces del clero eran benignas, éstas eran más bien una excepción, el padre Gregorio García afirmaba que los indios eran judíos porque “son perezosos, no creen en los milagros de Jesucristo y no están agradecidos a los españoles por todo el bien que les han hecho”. No obstante, el pontífice Paulo III emitió una bula en 1537 declarando a los indios “verdaderos hombres con alma”. Felipe III, monarca de gran sensibilidad dictó un decreto en 1601 proclamando la igualdad de indios y conquistadores y prohibiendo su utilización como animales de carga, a excepción de “que aquella medida hiciese flaquear la producción”.
La única manera de soportar las jornadas interminables en el socavón era con ayuda de la coca, hoja ritual en el reinado de los incas, pero de abusiva implementación por parte de los dueños de las minas. Según registros de la época, mil toneladas de hoja de coca eran consumidas cada año entre los indios mineros.
A fuerza de masticar la hoja y emborracharse, no sentían el hambre ni el dolor pero tomaban, invariablemente, el camino hacia una muerte precoz.
Dios y señor de la montaña
Los caballeros comenzaron a sospechar que los aborígenes, sin control dentro de la mina, pudieran holgazanear, por ello inventaron la figura de El Tío, una imagen aterradora, de aspecto demoníaco, cabeza cornada y fauces dotadas de filosos colmillos. Se cuenta que los españoles crearon la estatua llamándola Dios, pero el alfabeto quechua no incluye el sonido de la letra “d”, por lo que onomatopéyicamente pasaron a llamarlo Tío.
El Tío es un antepasado de nuestro Familiar (nefasto señor de los ingenios del norte argentino) que cuida que los trabajadores cumplan los deberes para con sus amos, castigando a los rebeldes con la muerte. Este patrón de las profundidades rocosas cobró gran fuerza en la iconografía del lugar llegando, con algunas variantes, hasta nuestros días, habiéndose transformado en dueño de la montaña y benefactor de quienes lo reconocen.
Al comienzo de cada jornada, los mineros hacen su ofrenda al Tío. El gusta del alcohol, las hojas de coca y el tabaco. El minero ofrenda un chorro de alcohol sobre su pene, otro a la Pachamama y el tercero lo bebe él, pidiéndole favorezca su trabajo y lo conduzca a hallar una veta que lo haga salir de la miseria.
Otros van más allá y prodigan el sacrificio de alguna llama, con cuya sangre tiñe las paredes del túnel. Los más desesperados llegan a entregar algún feto humano. Esa es la historia que algunos cuentan de uno de los mineros más poderosos de Potosí: Emilio Alave.
La versión dice que era un minero paupérrimo de familia muy numerosa. Vivía en la ruina absoluta y no tenía ya cómo alimentar a su nutrida descendencia. Su mujer encinta perdió el embarazo y él ofrendó ese hijo sin nacer al Tío, enterrándolo en el socavón y diciendo: “Te ofrezco mi hijo a cambio de que me ayudes”. Ese día sus ruegos fueron escuchados y una veta de plata enorme apareció ante los golpes de su piqueta. El Tío devolvía en metal la sangre recibida.
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 8 . Sólo en librerías o por pedido.
viernes, 12 de febrero de 2010
La casa vacía
por Stella Maris Roque
Abro la puerta. La casa está vacía, quebrada por el silencio. Camino por el living, la oscuridad lo invade, la biblioteca es lo único que queda. Voy a la cocina, la persiana levantada y a lo lejos un parque oscuro lleno de árboles. Abro la canilla, el agua sale marrón, me ensucia los dedos y las gotas como agujas frías me los parten en mil pedazos. Dejo la canilla abierta. El ruido retumba en la casa hueca, la voz de la abuela corre con el agua, se va por las cañerías. Quisiera que estuviese acá, conmigo, pero el tiempo para ella se detuvo el día que se la llevaron al geriátrico. Tendría que haberme quedado a vivir con ella acá y hubiera evitado que un abismo de recuerdos se hundan en mi garganta.
Me apuro en llegar a la biblioteca. Los libros cuentan la historia de ella, agarro el que vine a buscar: el Martín Fierro, se sabía casi todos los versos de memoria, ahora no se acuerda de nada. Aprieto el libro contra mi cuerpo, y me cae una sola lágrima. En un rincón del living veo un florero con varios pétalos marchitos que se ahogan en un poco de agua sucia, guardo algunos pétalos adentro del libro y lo pongo en la mochila. La abuela no va a volver nunca más. Me acerco al ventanal del living negro, sin sillones, lleno de escarcha blanca. Es agosto, hace frío. Estaba sola, aquí mismo, esperando que mamá viniera a buscarme. Miraba hacia la calle y buscaba su cara. No había gente y eran pocos los autos que pasaban. La abuela se había levantado de la siesta, cuando sonó el teléfono. Un rato antes me había pedido que la ayudara en la cocina. Hasta ese momento creí que mamá no iba a venir. Me senté a la mesa. La abuela trajo galletas. Mamá no iba a venir, ¿Y mi papá? La miré a la abuela y le pregunté: -mi papá, ¿cuándo va a venir a buscarme? Se paró al lado mío. -Tu madre y yo somos tu única familia-me respondió, acariciándome la frente. La agarré del brazo y la empujé, trató de no caer, volví a empujarla y se tambaleó; por unos segundos pensé que se iba a caer, la excusa perfecta para que mamá viniera. La puerta del comedor se cerró atrás de la abuela. Se había ido a su cuarto. Me quedé sola, mirando el televisor apagado.
El ruido del agua me distrae, las gotas se convierten en hielo. Al lado de la cocina, el comedor diario, la mesa no está, ni siquiera el televisor y donde estaba la estufa hay un agujero. En esa estufa, la abuela calentaba mis pijamas antes de que me fuera a dormir. Ella verdaderamente fue la única familia que tuve. Era invierno, la helada cubría el pasto. La abuela me levantó de la cama cubierta con frazadas y me llevó al lado de la estufa a tomar café con leche con pan tostado. Mientras tomaba mi desayuno, la abuela se fue a su cuarto a buscar una aspirina, aproveché y me escapé al parque. Salí descalza y corrí sobre la escarcha, que a cada paso, desaparecía debajo de mis pies. Corrí hasta cansarme, en realidad hasta que la abuela me vio desde la cocina. Se puso a gritar como loca, que me iba a pescar un flemón o una bronconeumonía, que no me iba a dar más chocolates y no se cuántas mentiras más. Seguí corriendo sin hacerle caso, entonces salió desesperada con los pelos parados, las pantuflas y la bata de cama, me agarró de las piernas, me mordisqueó los cachetes y me llevó adentro.Cierro la canilla y camino por la casa en la que bailan las ausencias. Abro la puerta del cuarto de la abuela. La cama vacía, el elástico al aire y un vaso de vidrio sobre la mesa de luz. Me acuesto sobre el elástico frío, -la cama apaga el dolor del puñal -pienso-la cama; una lluvia de tiburones hambrientos. Agarro el vaso y tengo ganas de reírme, tal vez, por vergüenza de que se me haya ocurrido una idea loca como la de los tiburones, -una idea loca-, digo en voz alta, -un vidrio que se enciende contra los vidrios-, pienso, y arrojo el vaso contra la ventana.
La abuela no supo pedirme que me quede, prefería estar sola con sus perros; si me hubiera quedado habría podido decirle cuánto la amo.
Salgo al parque, hace frío y a través de los árboles figuras se doblan con el viento. El pasto está descuidado. Me acerco al rosal que plantamos juntas, las hormigas se comieron las hojas. Me acuesto sobre el tiempo que pasó y huelo la tierra. -Es la última vez- digo. Del otro lado de la puerta me espera la ruta, la ruta, vacía como la casa, la ruta, transparente ante mi huida, esta misma ruta que no volverá a traerme nunca más.
Publicado en la edición impresa de Lilith Nº 10. En quioscos y librerías.
Abro la puerta. La casa está vacía, quebrada por el silencio. Camino por el living, la oscuridad lo invade, la biblioteca es lo único que queda. Voy a la cocina, la persiana levantada y a lo lejos un parque oscuro lleno de árboles. Abro la canilla, el agua sale marrón, me ensucia los dedos y las gotas como agujas frías me los parten en mil pedazos. Dejo la canilla abierta. El ruido retumba en la casa hueca, la voz de la abuela corre con el agua, se va por las cañerías. Quisiera que estuviese acá, conmigo, pero el tiempo para ella se detuvo el día que se la llevaron al geriátrico. Tendría que haberme quedado a vivir con ella acá y hubiera evitado que un abismo de recuerdos se hundan en mi garganta.
Me apuro en llegar a la biblioteca. Los libros cuentan la historia de ella, agarro el que vine a buscar: el Martín Fierro, se sabía casi todos los versos de memoria, ahora no se acuerda de nada. Aprieto el libro contra mi cuerpo, y me cae una sola lágrima. En un rincón del living veo un florero con varios pétalos marchitos que se ahogan en un poco de agua sucia, guardo algunos pétalos adentro del libro y lo pongo en la mochila. La abuela no va a volver nunca más. Me acerco al ventanal del living negro, sin sillones, lleno de escarcha blanca. Es agosto, hace frío. Estaba sola, aquí mismo, esperando que mamá viniera a buscarme. Miraba hacia la calle y buscaba su cara. No había gente y eran pocos los autos que pasaban. La abuela se había levantado de la siesta, cuando sonó el teléfono. Un rato antes me había pedido que la ayudara en la cocina. Hasta ese momento creí que mamá no iba a venir. Me senté a la mesa. La abuela trajo galletas. Mamá no iba a venir, ¿Y mi papá? La miré a la abuela y le pregunté: -mi papá, ¿cuándo va a venir a buscarme? Se paró al lado mío. -Tu madre y yo somos tu única familia-me respondió, acariciándome la frente. La agarré del brazo y la empujé, trató de no caer, volví a empujarla y se tambaleó; por unos segundos pensé que se iba a caer, la excusa perfecta para que mamá viniera. La puerta del comedor se cerró atrás de la abuela. Se había ido a su cuarto. Me quedé sola, mirando el televisor apagado.
El ruido del agua me distrae, las gotas se convierten en hielo. Al lado de la cocina, el comedor diario, la mesa no está, ni siquiera el televisor y donde estaba la estufa hay un agujero. En esa estufa, la abuela calentaba mis pijamas antes de que me fuera a dormir. Ella verdaderamente fue la única familia que tuve. Era invierno, la helada cubría el pasto. La abuela me levantó de la cama cubierta con frazadas y me llevó al lado de la estufa a tomar café con leche con pan tostado. Mientras tomaba mi desayuno, la abuela se fue a su cuarto a buscar una aspirina, aproveché y me escapé al parque. Salí descalza y corrí sobre la escarcha, que a cada paso, desaparecía debajo de mis pies. Corrí hasta cansarme, en realidad hasta que la abuela me vio desde la cocina. Se puso a gritar como loca, que me iba a pescar un flemón o una bronconeumonía, que no me iba a dar más chocolates y no se cuántas mentiras más. Seguí corriendo sin hacerle caso, entonces salió desesperada con los pelos parados, las pantuflas y la bata de cama, me agarró de las piernas, me mordisqueó los cachetes y me llevó adentro.Cierro la canilla y camino por la casa en la que bailan las ausencias. Abro la puerta del cuarto de la abuela. La cama vacía, el elástico al aire y un vaso de vidrio sobre la mesa de luz. Me acuesto sobre el elástico frío, -la cama apaga el dolor del puñal -pienso-la cama; una lluvia de tiburones hambrientos. Agarro el vaso y tengo ganas de reírme, tal vez, por vergüenza de que se me haya ocurrido una idea loca como la de los tiburones, -una idea loca-, digo en voz alta, -un vidrio que se enciende contra los vidrios-, pienso, y arrojo el vaso contra la ventana.
La abuela no supo pedirme que me quede, prefería estar sola con sus perros; si me hubiera quedado habría podido decirle cuánto la amo.
Salgo al parque, hace frío y a través de los árboles figuras se doblan con el viento. El pasto está descuidado. Me acerco al rosal que plantamos juntas, las hormigas se comieron las hojas. Me acuesto sobre el tiempo que pasó y huelo la tierra. -Es la última vez- digo. Del otro lado de la puerta me espera la ruta, la ruta, vacía como la casa, la ruta, transparente ante mi huida, esta misma ruta que no volverá a traerme nunca más.
Publicado en la edición impresa de Lilith Nº 10. En quioscos y librerías.
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martes, 12 de enero de 2010
Antonín Artaud
un lenguaje anterior a la palabra
por Rubén Sacchi
Bocas del aire del mar
beban la sal de esta luz para sí
ya coman en la eternidad
algo se va a ahogar
es este ardor
y es esta la fiebre del que espera
frente al despertar
vámonos de aquí
Eran los primeros días de setiembre en el puerto de Marsella y culminaba el invierno de 1896. Los pescadores no habían tenido un buen día porque, esa mañana, las fauces del Mediterráneo habían devorado dos de sus barcas, incluyendo a los marinos que las tripulaban. Hacía cuatrocientos años que el conquistador Cristóbal Colón había ido más allá de los confines conocidos por Europa sin hallar monstruos de siete cabezas ni elefantes sobre tortugas que sostuvieran una tierra plana donde, más allá de sus bordes, reinara el abismo infinito. Sin embargo, el temor a lo desconocido era moneda corriente entre los lugareños que, al borde del siglo XX, aún gobernaban sus actos por mitos y supersticiones.
Mientras esto sucedía, un niño soñaba un sueño de dolor y de locura. Deambulaba por corredores abyectos, oscuros de la más terrible negrura. En esa oquedad angustiante intuía, sin llegar a ver, la luz, pero para lograr alcanzarla debía deshacerse de todo el lastre que detuviera su andar y, en ese propósito, supo que el cuerpo, su propio cuerpo, era el peor de ellos.
De pronto, algo lo empujó hacia delante, dos manos aferraron su cabeza y tiraron brutalmente de ella. Un filoso estilete cortó el cordón aparente que lo unía al mundo del que provenía, sólo el aparente, el otro, el invisible, lo seguiría atando de por vida.El niño entonces despertó. Despertó y lloró por la vigilia que comenzaba en un mundo que habría de ser indiferente al dolor de su alma. Eran las 8 del cuarto día del mes y el pequeño Joseph Marie Antonin había por fin nacido.
Algo caía en el silencio.
Un sonido de mi cuerpo.
Mi última palabra fue yo
pero me refería al alba luminosa.
El niño, mimado y sobreprotegido por su madre, Euphrasie Marie Louise Nalpas, no pudo, pese a la coraza materna, escapar a los avatares de la vida: una grave meningitis padecida a los cinco años de edad lo puso al borde de la muerte. Salió a flote del trance, pero los disturbios nerviosos lo acompañaron de por vida. Ese episodio y el fallecimiento, en 1905, de su pequeña hermana Germaine de apenas 8 meses, lo enfrentaron a la muerte desde muy temprana edad.
Cuando llegó a París en 1920, había transitado por varias instituciones psiquiátricas y era asiduo consumidor de opio, que podía adquirirse en cualquier farmacia como analgésico para dolores severos. ¿Fue esta adicción la llave de su arte revolucionario? hay quien afirma que lo tomaba para estar normal y poder pensar, libre del dolor. Lo cierto es que Artuad fue el más grande de los poetas malditos de nuestro siglo, que buscó la palabra como medio de liberación, pero también hurgó en un lenguaje corporal, a través del teatro, para desprenderse del sufrimiento que constantemente lo abatía: “Yo añado al lenguaje hablado otro lenguaje, y procuro darle al lenguaje del habla, cuyas misteriosas posibilidades se han olvidado, su vieja eficacia mágica, su eficacia hechizadora, integral. Cuando digo que no representaré obra alguna escrita, quiero decir que no representaré ninguna obra basada en la escritura y el habla, que en los espectáculos que voy a montar habrá una parte física preponderante, y que ésta no podrá fijarse y escribirse en el lenguaje habitual de las palabras; y que incluso la parte hablada y escrita lo será en un sentido nuevo”. Artaud plantea el habla como último recurso para clarificar las manifestaciones espirituales, como un elemento psíquico que se expresa cuando las almas perdieron su capacidad de comunicación.
por Rubén Sacchi
Bocas del aire del mar
beban la sal de esta luz para sí
ya coman en la eternidad
algo se va a ahogar
es este ardor
y es esta la fiebre del que espera
frente al despertar
vámonos de aquí
Eran los primeros días de setiembre en el puerto de Marsella y culminaba el invierno de 1896. Los pescadores no habían tenido un buen día porque, esa mañana, las fauces del Mediterráneo habían devorado dos de sus barcas, incluyendo a los marinos que las tripulaban. Hacía cuatrocientos años que el conquistador Cristóbal Colón había ido más allá de los confines conocidos por Europa sin hallar monstruos de siete cabezas ni elefantes sobre tortugas que sostuvieran una tierra plana donde, más allá de sus bordes, reinara el abismo infinito. Sin embargo, el temor a lo desconocido era moneda corriente entre los lugareños que, al borde del siglo XX, aún gobernaban sus actos por mitos y supersticiones.
Mientras esto sucedía, un niño soñaba un sueño de dolor y de locura. Deambulaba por corredores abyectos, oscuros de la más terrible negrura. En esa oquedad angustiante intuía, sin llegar a ver, la luz, pero para lograr alcanzarla debía deshacerse de todo el lastre que detuviera su andar y, en ese propósito, supo que el cuerpo, su propio cuerpo, era el peor de ellos.
De pronto, algo lo empujó hacia delante, dos manos aferraron su cabeza y tiraron brutalmente de ella. Un filoso estilete cortó el cordón aparente que lo unía al mundo del que provenía, sólo el aparente, el otro, el invisible, lo seguiría atando de por vida.El niño entonces despertó. Despertó y lloró por la vigilia que comenzaba en un mundo que habría de ser indiferente al dolor de su alma. Eran las 8 del cuarto día del mes y el pequeño Joseph Marie Antonin había por fin nacido.
Algo caía en el silencio.
Un sonido de mi cuerpo.
Mi última palabra fue yo
pero me refería al alba luminosa.
El niño, mimado y sobreprotegido por su madre, Euphrasie Marie Louise Nalpas, no pudo, pese a la coraza materna, escapar a los avatares de la vida: una grave meningitis padecida a los cinco años de edad lo puso al borde de la muerte. Salió a flote del trance, pero los disturbios nerviosos lo acompañaron de por vida. Ese episodio y el fallecimiento, en 1905, de su pequeña hermana Germaine de apenas 8 meses, lo enfrentaron a la muerte desde muy temprana edad.
Cuando llegó a París en 1920, había transitado por varias instituciones psiquiátricas y era asiduo consumidor de opio, que podía adquirirse en cualquier farmacia como analgésico para dolores severos. ¿Fue esta adicción la llave de su arte revolucionario? hay quien afirma que lo tomaba para estar normal y poder pensar, libre del dolor. Lo cierto es que Artuad fue el más grande de los poetas malditos de nuestro siglo, que buscó la palabra como medio de liberación, pero también hurgó en un lenguaje corporal, a través del teatro, para desprenderse del sufrimiento que constantemente lo abatía: “Yo añado al lenguaje hablado otro lenguaje, y procuro darle al lenguaje del habla, cuyas misteriosas posibilidades se han olvidado, su vieja eficacia mágica, su eficacia hechizadora, integral. Cuando digo que no representaré obra alguna escrita, quiero decir que no representaré ninguna obra basada en la escritura y el habla, que en los espectáculos que voy a montar habrá una parte física preponderante, y que ésta no podrá fijarse y escribirse en el lenguaje habitual de las palabras; y que incluso la parte hablada y escrita lo será en un sentido nuevo”. Artaud plantea el habla como último recurso para clarificar las manifestaciones espirituales, como un elemento psíquico que se expresa cuando las almas perdieron su capacidad de comunicación.
La guerra y las mujeres
en la literatura de Mercè Rodoreda
por Diego Luis Forte
El papel de las mujeres durante la guerra civil española no puede ser entendido sin tener en cuenta el contexto de finales del siglo XIX y principios del XX: ellas no participaban en la cultura, la economía o la sociedad en general, tarea siempre reservada a los hombres. Por el contrario quedaban recluidas en la esfera privada del hogar y, si trabajaban, sujetas a una división sexual y clasista del trabajo. La enseñanza pública era algo raro a principios del siglo XX pues la educación estaba monopolizada por la iglesia católica y ésta no hacía mucho por educarlas en un sentido más abarcador que el de ser "la perfecta ama de casa y madre de sus hijos".
Una mujer común, inmersa en ese contexto, es la que nos habla en La plaça del diamant de Mercè Rodoreda. Una mujer que no sólo debe luchar contra el medio adverso que el imaginario social de su época marcaba, sino que además debe sortear los problemas que la guerra impone y mantener a sus hijos.
Los elementos que Rodoreda utiliza para estructurar su relato nos brindan una visión que, desde la simpleza y la ingenuidad, nos obliga a confrontar la crudeza de la guerra y su impacto en la vida diaria de quienes peleaban la otra batalla. Es la voz femenina la que ordena la obra y la verdadera protagonista de La plaça del diamant. La forma en que Natalia-Colometa narra su vida y describe lo que la rodea puede ser calificada, como se señaló anteriormente y en una primera impresión, de ingenua o desinteresada en lo que refiere a la realidad social, pero una lectura más profunda permite reconocer elementos que indican otras interpretaciones.
En principio, en la obra se delimitan por lo menos dos planos que permiten un análisis diferenciado de sus funciones y elementos:
La descripción que Natalia-Colometa hace de la guerra y lo que ella percibe.
La forma en que Rodoreda utiliza esos elementos para mostrar la realidad de las mujeres.
En cuanto al primer punto, a lo largo de la novela Natalia articula sus percepciones con observaciones, en muchos casos detalladas, de la vida cotidiana. Cuenta lo que ve, lo que oye, en definitiva, lo que siente, pero sin emitir juicio de valor al respecto. Es importante señalar que Quimet, quien será su marido, es un elemento de peso que pone en evidencia el sometimiento femenino. Natalia tenía novio antes de conocerlo, pero eso no fue un obstáculo para que él, de forma unilateral y ejerciendo su poder de dominación, decidiera que, antes de un año, ella sería su esposa: "...le dije a aquel muchacho que mi novio hacía de cocinero en el Colón y se rió y me dijo que le compadecía mucho porque dentro de un año yo sería su señora...". Con esa misma arbitrariedad y como una forma de reafirmar el poder y el dominio sobre ella, le cambia el nombre. Su condición de hombre le brinda la autoridad suficiente para hacerlo: son los hombres los que tienen el poder sobre las mujeres; son los padres los que dan nombre a los hijos e hijas; las mujeres se casan y toman el apellido de los maridos: "... usted y yo bailaremos un vals de puntas en la Plaza del Diamante... gira que gira, Colometa. Me le miré muy incomodada y le dije que me llamaba Natalia y cuando le dije que me llamaba Natalia se volvió a reír y dijo que yo sólo podía tener un nombre: Colometa". Comparado con la perspectiva religiosa, que aparece en el sermón del casamiento, es Adán quien da nombre a los animales y a las cosas en el paraíso.
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 5. Sólo en librerías o por pedido.
por Diego Luis Forte
El papel de las mujeres durante la guerra civil española no puede ser entendido sin tener en cuenta el contexto de finales del siglo XIX y principios del XX: ellas no participaban en la cultura, la economía o la sociedad en general, tarea siempre reservada a los hombres. Por el contrario quedaban recluidas en la esfera privada del hogar y, si trabajaban, sujetas a una división sexual y clasista del trabajo. La enseñanza pública era algo raro a principios del siglo XX pues la educación estaba monopolizada por la iglesia católica y ésta no hacía mucho por educarlas en un sentido más abarcador que el de ser "la perfecta ama de casa y madre de sus hijos".
Una mujer común, inmersa en ese contexto, es la que nos habla en La plaça del diamant de Mercè Rodoreda. Una mujer que no sólo debe luchar contra el medio adverso que el imaginario social de su época marcaba, sino que además debe sortear los problemas que la guerra impone y mantener a sus hijos.
Los elementos que Rodoreda utiliza para estructurar su relato nos brindan una visión que, desde la simpleza y la ingenuidad, nos obliga a confrontar la crudeza de la guerra y su impacto en la vida diaria de quienes peleaban la otra batalla. Es la voz femenina la que ordena la obra y la verdadera protagonista de La plaça del diamant. La forma en que Natalia-Colometa narra su vida y describe lo que la rodea puede ser calificada, como se señaló anteriormente y en una primera impresión, de ingenua o desinteresada en lo que refiere a la realidad social, pero una lectura más profunda permite reconocer elementos que indican otras interpretaciones.
En principio, en la obra se delimitan por lo menos dos planos que permiten un análisis diferenciado de sus funciones y elementos:
La descripción que Natalia-Colometa hace de la guerra y lo que ella percibe.
La forma en que Rodoreda utiliza esos elementos para mostrar la realidad de las mujeres.
En cuanto al primer punto, a lo largo de la novela Natalia articula sus percepciones con observaciones, en muchos casos detalladas, de la vida cotidiana. Cuenta lo que ve, lo que oye, en definitiva, lo que siente, pero sin emitir juicio de valor al respecto. Es importante señalar que Quimet, quien será su marido, es un elemento de peso que pone en evidencia el sometimiento femenino. Natalia tenía novio antes de conocerlo, pero eso no fue un obstáculo para que él, de forma unilateral y ejerciendo su poder de dominación, decidiera que, antes de un año, ella sería su esposa: "...le dije a aquel muchacho que mi novio hacía de cocinero en el Colón y se rió y me dijo que le compadecía mucho porque dentro de un año yo sería su señora...". Con esa misma arbitrariedad y como una forma de reafirmar el poder y el dominio sobre ella, le cambia el nombre. Su condición de hombre le brinda la autoridad suficiente para hacerlo: son los hombres los que tienen el poder sobre las mujeres; son los padres los que dan nombre a los hijos e hijas; las mujeres se casan y toman el apellido de los maridos: "... usted y yo bailaremos un vals de puntas en la Plaza del Diamante... gira que gira, Colometa. Me le miré muy incomodada y le dije que me llamaba Natalia y cuando le dije que me llamaba Natalia se volvió a reír y dijo que yo sólo podía tener un nombre: Colometa". Comparado con la perspectiva religiosa, que aparece en el sermón del casamiento, es Adán quien da nombre a los animales y a las cosas en el paraíso.
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 5. Sólo en librerías o por pedido.
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viernes, 8 de enero de 2010
El peor analfabeto es el analfabeto político
por Bertolt Brecht
El peor analfabeto es el analfabeto político
No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida,
el precio del poroto, del pan, de la harina,
del vestido, del zapato y de los remedios,
dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro
que se enorgullece y ensancha el pecho
diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta,
el menor abandonado,
y el peor de todos los bandidos
que es el político corrupto, mequetrefe
y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
El peor analfabeto es el analfabeto político
No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida,
el precio del poroto, del pan, de la harina,
del vestido, del zapato y de los remedios,
dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro
que se enorgullece y ensancha el pecho
diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta,
el menor abandonado,
y el peor de todos los bandidos
que es el político corrupto, mequetrefe
y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
domingo, 3 de enero de 2010
Una carta para Jorge
por Rubén Sacchi
a J.E.R.
Compañero:
Acá me tiene escribiendo estas líneas,
como siempre,
a máquina.
Usted sabe como son
estas madrugadas de primavera:
frescas pero agradables y,
es increíble,
pero el viento
trae el nombre de los torturados:
Villa Devoto 1973.
También el de los muertos...
(callemos su nombre).
Hay algo, compañero,
que no llego a comprender:
Me quedó una bolsa verde
y un vaso de vino tinto.
Una raya al costado
y una onda obstinada en caer.
Una mirada perdida
y una sonrisa triste,
pero parte de la cara.
(el resto hay que olvidarlo).
Le quería hablar
de las cosas de acá.
Los pájaros cantan con muchas ganas
y parece que va a haber sol.
Todavía hay rocío en el pasto
y la sangre está caliente.
Pero hay cosas que no sé.
Las de allá, por ejemplo.
Dígame, compañero,
¿es fácil morirse
sabiendo que ya no hay más nada?
Y ¿qué seguridad tiene usted
de esta estúpida manera de comunicarnos?
Y, al menos,
¿tendré alguna esperanza
de que esta carta 1e llegue?
Es que estoy medio falto de fe ¿vio?
es que usted ya es polvo,
aire,
río...
no se...
Pero...
vamos al tema que nos ocupa.
Nuestro ejército
sigue intacto
y en armas.
No lo distraigo más ¡Hasta siempre!
Del libro inédito Poemas desde la trinchera (1985).
a J.E.R.
Compañero:
Acá me tiene escribiendo estas líneas,
como siempre,
a máquina.
Usted sabe como son
estas madrugadas de primavera:
frescas pero agradables y,
es increíble,
pero el viento
trae el nombre de los torturados:
Villa Devoto 1973.
También el de los muertos...
(callemos su nombre).
Hay algo, compañero,
que no llego a comprender:
Me quedó una bolsa verde
y un vaso de vino tinto.
Una raya al costado
y una onda obstinada en caer.
Una mirada perdida
y una sonrisa triste,
pero parte de la cara.
(el resto hay que olvidarlo).
Le quería hablar
de las cosas de acá.
Los pájaros cantan con muchas ganas
y parece que va a haber sol.
Todavía hay rocío en el pasto
y la sangre está caliente.
Pero hay cosas que no sé.
Las de allá, por ejemplo.
Dígame, compañero,
¿es fácil morirse
sabiendo que ya no hay más nada?
Y ¿qué seguridad tiene usted
de esta estúpida manera de comunicarnos?
Y, al menos,
¿tendré alguna esperanza
de que esta carta 1e llegue?
Es que estoy medio falto de fe ¿vio?
es que usted ya es polvo,
aire,
río...
no se...
Pero...
vamos al tema que nos ocupa.
Nuestro ejército
sigue intacto
y en armas.
No lo distraigo más ¡Hasta siempre!
Del libro inédito Poemas desde la trinchera (1985).
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Papel Doblado
por Jorge Eduardo Reboredo
Arrastraré mis rodillas y la lengua
con el cadáver del poema.
El tiempo, abril extraño estéril
mi saludo.
No contaré nunca más lo que me pasa.
Dejaré de mirar a los trenes;
pesados rinocerontes de hierro viejo,
metal y acero; piedra y balasto,
encajonando a la gente
siendo las 18.
No escribiré ninguna carta triste.
Ninguna más con ojos
que se quedaron sordos en la noche.
Y ese calor que se va;
papel doblado.
Un gesto final en esa mueca,
- y el olor de la muerte.
De "Atenciones". Publicado en el Nº 3 de la revista literaria Vivir en la Poesía, año 1982.
Arrastraré mis rodillas y la lengua
con el cadáver del poema.
El tiempo, abril extraño estéril
mi saludo.
No contaré nunca más lo que me pasa.
Dejaré de mirar a los trenes;
pesados rinocerontes de hierro viejo,
metal y acero; piedra y balasto,
encajonando a la gente
siendo las 18.
No escribiré ninguna carta triste.
Ninguna más con ojos
que se quedaron sordos en la noche.
Y ese calor que se va;
papel doblado.
Un gesto final en esa mueca,
- y el olor de la muerte.
De "Atenciones". Publicado en el Nº 3 de la revista literaria Vivir en la Poesía, año 1982.
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sábado, 19 de diciembre de 2009
Mujer del aire
Por Ivana Szac
Seguiré siendo mujer del aire
con gritos en mis ojos
piedras en el vientre
la cabellera larga
y las ganas de florecer
hasta en el infierno
del libro "Gritos en mis ojos", de Ediciones de La Cultura.
Seguiré siendo mujer del aire
con gritos en mis ojos
piedras en el vientre
la cabellera larga
y las ganas de florecer
hasta en el infierno
del libro "Gritos en mis ojos", de Ediciones de La Cultura.
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domingo, 15 de noviembre de 2009
El legendario Barba Azul
La horrorosa historia del Caballero Gilles de Rays
por Juan Carlos Licastro
La época en que se sucedieron los hechos se caracterizó por una fatigosa angustia que se tradujo en la arquitectura feudal. Castillos y fortalezas eran construcciones de poder fuertemente represivas, construcciones de cercamiento. En el siglo XV francés reinó un Carlos VII desprovisto de autoridad; el recuerdo de la peste estaba muy próximo, Inglaterra había sumido al reino en el vaciamiento financiero. Semejante panorama explica que Carlos y sus partidarios se entregaran, como respuesta, a fiestas bárbaras, casi siempre desprovistas de todo recato. ¿Qué podía esperarse del hombre que iba a abandonar a Juana de Arco, que hizo asesinar a Juan sin miedo? Los preparativos de una guerra daban cauce cierto a las energías desmesuradas de estos hombres; la guerra era para ellos un "juego", una actividad distinta del trabajo de los siervos y del pueblo. Imperaba un verdadero caos mental, un estado lleno de contradicciones en el que la razón quedaba de lado ante el poder omnímodo de la nobleza. Ésta se colocaba fuera de un universo racional. Escenas de pillaje, quema de aldeas, pueblos y ciudades, eran cosa de todos los días. Estos hechos obraban como excitantes, servían para canalizar instintos sexuales. La guerra, en su condición de "juego" de grandes señores, estaba vedada al pueblo. Era un privilegio. Era el juego por el juego mismo, es decir, la guerra por la guerra misma. Sólo que con el paso del tiempo se iba convirtiendo en algo penoso, casi macabro, su sombra amenazaba aún a los mismos nobles. Ya en el siglo XV iban desapareciendo los costosos atavíos, las brillantes armaduras. Se recurría cada vez más a los ejércitos regulares, los forajidos habituales no tenían cabida en ellos. El autor de Tirant lo blanc (Tirar al blanco), Jean Martorell, dio pruebas de estos hechos y de la decadencia imperante con su correspondencia pródiga en un ceremonial guerrero verbalizado. En Martorell no importa tanto el combate como la descripción de las ceremonias.
Francia se encontraba desmembrada, tanto política como económicamente, las tropas inglesas ocupaban casi todo el territorio y sólo se retirarían a Calais después de la toma de Orléans. La epopeya de Juana de Arco aún no había comenzado y Gilles de Rays todavía no era mariscal de Francia.
De toda la documentación existente sobre Gilles de Rays y sus cómplices, interesan particularmente las actas del proceso que contienen las acusaciones y las confesiones. En los Archivos del Loire Inferior se encuentra la minuta latina con "las informaciones, procedimientos y sentencias contra Gilles de Rays, mariscal de Francia, que tuvieron lugar en 1440, a instancias del obispo de Nantes, como culpable de herejía, de sodomía y de asesinato".
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 3. Sólo en librerías o por pedido.
por Juan Carlos Licastro
La época en que se sucedieron los hechos se caracterizó por una fatigosa angustia que se tradujo en la arquitectura feudal. Castillos y fortalezas eran construcciones de poder fuertemente represivas, construcciones de cercamiento. En el siglo XV francés reinó un Carlos VII desprovisto de autoridad; el recuerdo de la peste estaba muy próximo, Inglaterra había sumido al reino en el vaciamiento financiero. Semejante panorama explica que Carlos y sus partidarios se entregaran, como respuesta, a fiestas bárbaras, casi siempre desprovistas de todo recato. ¿Qué podía esperarse del hombre que iba a abandonar a Juana de Arco, que hizo asesinar a Juan sin miedo? Los preparativos de una guerra daban cauce cierto a las energías desmesuradas de estos hombres; la guerra era para ellos un "juego", una actividad distinta del trabajo de los siervos y del pueblo. Imperaba un verdadero caos mental, un estado lleno de contradicciones en el que la razón quedaba de lado ante el poder omnímodo de la nobleza. Ésta se colocaba fuera de un universo racional. Escenas de pillaje, quema de aldeas, pueblos y ciudades, eran cosa de todos los días. Estos hechos obraban como excitantes, servían para canalizar instintos sexuales. La guerra, en su condición de "juego" de grandes señores, estaba vedada al pueblo. Era un privilegio. Era el juego por el juego mismo, es decir, la guerra por la guerra misma. Sólo que con el paso del tiempo se iba convirtiendo en algo penoso, casi macabro, su sombra amenazaba aún a los mismos nobles. Ya en el siglo XV iban desapareciendo los costosos atavíos, las brillantes armaduras. Se recurría cada vez más a los ejércitos regulares, los forajidos habituales no tenían cabida en ellos. El autor de Tirant lo blanc (Tirar al blanco), Jean Martorell, dio pruebas de estos hechos y de la decadencia imperante con su correspondencia pródiga en un ceremonial guerrero verbalizado. En Martorell no importa tanto el combate como la descripción de las ceremonias.
Francia se encontraba desmembrada, tanto política como económicamente, las tropas inglesas ocupaban casi todo el territorio y sólo se retirarían a Calais después de la toma de Orléans. La epopeya de Juana de Arco aún no había comenzado y Gilles de Rays todavía no era mariscal de Francia.
De toda la documentación existente sobre Gilles de Rays y sus cómplices, interesan particularmente las actas del proceso que contienen las acusaciones y las confesiones. En los Archivos del Loire Inferior se encuentra la minuta latina con "las informaciones, procedimientos y sentencias contra Gilles de Rays, mariscal de Francia, que tuvieron lugar en 1440, a instancias del obispo de Nantes, como culpable de herejía, de sodomía y de asesinato".
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 3. Sólo en librerías o por pedido.
Olga Orozco
O la poética de la nostalgia
por Víctor Pedro Giménez
Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente
inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus
angelicales procesiones.
Fragmento de Mujer en su ventana
La lectura de estos versos casi nos obliga a pensar en una Olga Orozco contemplándose a sí misma en un futuro buscado y encontrado en el pasado. Un pasado al que la notable escritora jamás eludió, sino que, por el contrario, hilvanó y deshilvanó a través de sus poemas y sus conversaciones, como cuando en una entrevista expresó: "Así como uno cree que el pasado influye en el porvenir, creo que el porvenir influye en el pasado. Hay una interacción permanente de tiempos y para esto me ayuda la poesía, para hacerle trapisondas al tiempo que al final me va a vencer. Igual que la muerte".
Reflexiva irreductible, Olga Orozco trasunta a lo largo de su obra una espesa melodía que nos traslada a vericuetos de profundidades demasiado desconocidas, pero no por eso ajenas, y que huelen al terror que provoca el sufrimiento. Pero no cualquier sufrimiento, sino el que emana del interrogarse, del empaparse de nostalgias, del plantarse con altivez ante la nada.
"Escribir es una búsqueda que tiende a desenmascarar, a intentar echar una ojeada hacia lo alto por alguna puertita que se entreabre y se vuelve a cerrar muy rápidamente. Es apenas un vistazo, pero consuela". (…) "Escribir no es placer, es mi manera forzosa de expresarme. La poesía me produce un profundo sufrimiento. Creo como Bachelard que está en lo muy alto y en lo abismal. Una se sumerge hasta un fondo demasiado desconocido y siente que queda unida a la superficie por una nada y encima no ha dejado miguitas en el camino como Hansel y Gretel. Y si es hacia lo alto, más difícil todavía. Llegás a zonas desconocidas, como si al nacer se hubiera abierto una especie de telón que se ha cerrado detrás nada más atravesarlo. Pero queda como una reminiscencia de estados de ánimo, cierta avidez por retomar algo de allí. Pero no es placer y ya es bastante salir entera".
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 3. Sólo en librerías o por pedido.
por Víctor Pedro Giménez
Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente
inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus
angelicales procesiones.
Fragmento de Mujer en su ventana
La lectura de estos versos casi nos obliga a pensar en una Olga Orozco contemplándose a sí misma en un futuro buscado y encontrado en el pasado. Un pasado al que la notable escritora jamás eludió, sino que, por el contrario, hilvanó y deshilvanó a través de sus poemas y sus conversaciones, como cuando en una entrevista expresó: "Así como uno cree que el pasado influye en el porvenir, creo que el porvenir influye en el pasado. Hay una interacción permanente de tiempos y para esto me ayuda la poesía, para hacerle trapisondas al tiempo que al final me va a vencer. Igual que la muerte".
Reflexiva irreductible, Olga Orozco trasunta a lo largo de su obra una espesa melodía que nos traslada a vericuetos de profundidades demasiado desconocidas, pero no por eso ajenas, y que huelen al terror que provoca el sufrimiento. Pero no cualquier sufrimiento, sino el que emana del interrogarse, del empaparse de nostalgias, del plantarse con altivez ante la nada.
"Escribir es una búsqueda que tiende a desenmascarar, a intentar echar una ojeada hacia lo alto por alguna puertita que se entreabre y se vuelve a cerrar muy rápidamente. Es apenas un vistazo, pero consuela". (…) "Escribir no es placer, es mi manera forzosa de expresarme. La poesía me produce un profundo sufrimiento. Creo como Bachelard que está en lo muy alto y en lo abismal. Una se sumerge hasta un fondo demasiado desconocido y siente que queda unida a la superficie por una nada y encima no ha dejado miguitas en el camino como Hansel y Gretel. Y si es hacia lo alto, más difícil todavía. Llegás a zonas desconocidas, como si al nacer se hubiera abierto una especie de telón que se ha cerrado detrás nada más atravesarlo. Pero queda como una reminiscencia de estados de ánimo, cierta avidez por retomar algo de allí. Pero no es placer y ya es bastante salir entera".
Nota completa en la edición impresa de Lilith Nº 3. Sólo en librerías o por pedido.
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Víctor Pedro Giménez
Editorial
El invierno del '66 se hacía sentir en el aula de 5° grado de la primaria Juan Bautista Alberdi, en el barrio Villa Obrera de Lanús. Los radiadores de las paredes no daban abasto y sólo paliaban las heladas ráfagas de ese viento que, luego de atravesar los robles de la plaza, golpeaban los vidrios de las ventanas y se colaban por las hendiduras. El hombre, trajeado y engominado, entró al aula con permiso de la maestra. La docente pidió atención y el señor apoyó su portafolios, igual a nuestras carteras de cuero marrón, sobre el viejo escritorio de madera. Al abrirlo desplegó la maravilla: unos afiches coloreados donde King Kong, subido a un rascacielos -que muchos años después reconocería como Empire State- cazaba aviones cual si moscas. En otro, el inefable John Wayne sostenía su Colt humeante, mirando el cadáver de su adversario tendido en la calle de un pueblo del lejano oeste, al que llamábamos far west.
El personaje era empleado del Cine Rex y traía, junto a la promoción de "3 películas 3" en continuado, algo que me haría sonrojar y enorgullecer al mismo tiempo: un par de entradas para los mejores alumnos. Generalmente me hacía de una.
Esta historia podría ser la sinopsis de cualquier film del neorrealismo italiano, pero es sólo una postal que me recuerda aquellos años donde los sueños aún tenían vigencia y se peleaba por ellos. Años en que los cines eran eso, y no iglesias evangelistas o bingos para cubrir el vacío y la falta de expectativas que el actual sistema genera en la sociedad.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Los vimos caer uno a uno: Splendid, National, Sarmiento... hasta los majestuosos Palacio y Opera pasaron a ser escenarios de las quimeras del dinero fácil y el Jesucristo que salva y sana. Todos menos uno: aquel emblemático Rex que, como su homónimo tiranosaurio, resistía el paso del tiempo y los embates de la modernidad.
Cierto es que su única y amplia sala resignó parte de su grandeza para convertirse en 1 y 2. No menos real, que alguna que otra vez los pochoclos fueran el posmoderno acompañamiento de los espectadores y que, para ganar una función más, la película terminara cuando, luego del último plano, aparecía la palabra "Fin" o el sucedáneo extranjero, obviando los títulos y créditos que a los cinéfilos nos dejan aferrados a la butaca hasta pasados los nombres del último eléctrico o carpintero. Pero, pese a su aggionamiento, seguía aportando una cresta a la chatura suburbana.
Hoy todo se sucedió veloz. Los rumores en comercios vecinos, las puertas tapizadas de viejos afiches y los mentirosos cartelitos: "Cerrado por reformas". La gente, sin mayores inquietudes, pasa por sus puertas cerradas sin detenerse un momento, como si estuviesen acostumbrados a perder y ya nada les importara. O tal vez piensen que la mole de diez pisos que lo reemplazará podrá suplir con su sombra los árboles talados en la estación de trenes. En tanto, esa antigua caja de asombros espera “la piqueta fatal del progreso” y su marquesina anuncia, ya sin orgullo, su último espectáculo: “Vendido”.
Publicado en la edición impresa de Lilith Nº 3. Sólo en librerías o por pedido.
El personaje era empleado del Cine Rex y traía, junto a la promoción de "3 películas 3" en continuado, algo que me haría sonrojar y enorgullecer al mismo tiempo: un par de entradas para los mejores alumnos. Generalmente me hacía de una.
Esta historia podría ser la sinopsis de cualquier film del neorrealismo italiano, pero es sólo una postal que me recuerda aquellos años donde los sueños aún tenían vigencia y se peleaba por ellos. Años en que los cines eran eso, y no iglesias evangelistas o bingos para cubrir el vacío y la falta de expectativas que el actual sistema genera en la sociedad.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Los vimos caer uno a uno: Splendid, National, Sarmiento... hasta los majestuosos Palacio y Opera pasaron a ser escenarios de las quimeras del dinero fácil y el Jesucristo que salva y sana. Todos menos uno: aquel emblemático Rex que, como su homónimo tiranosaurio, resistía el paso del tiempo y los embates de la modernidad.
Cierto es que su única y amplia sala resignó parte de su grandeza para convertirse en 1 y 2. No menos real, que alguna que otra vez los pochoclos fueran el posmoderno acompañamiento de los espectadores y que, para ganar una función más, la película terminara cuando, luego del último plano, aparecía la palabra "Fin" o el sucedáneo extranjero, obviando los títulos y créditos que a los cinéfilos nos dejan aferrados a la butaca hasta pasados los nombres del último eléctrico o carpintero. Pero, pese a su aggionamiento, seguía aportando una cresta a la chatura suburbana.
Hoy todo se sucedió veloz. Los rumores en comercios vecinos, las puertas tapizadas de viejos afiches y los mentirosos cartelitos: "Cerrado por reformas". La gente, sin mayores inquietudes, pasa por sus puertas cerradas sin detenerse un momento, como si estuviesen acostumbrados a perder y ya nada les importara. O tal vez piensen que la mole de diez pisos que lo reemplazará podrá suplir con su sombra los árboles talados en la estación de trenes. En tanto, esa antigua caja de asombros espera “la piqueta fatal del progreso” y su marquesina anuncia, ya sin orgullo, su último espectáculo: “Vendido”.
Publicado en la edición impresa de Lilith Nº 3. Sólo en librerías o por pedido.
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